
15
Villa Rissone se alzaba, victoriosa ante el paso de los años, en algún rincón perdido de la Vía Sicilia, esquina con Vía Venetto y muy cerca de la Iglesia de San Patrizio, donde la baronesa Giuditta acudía todas las tardes para intentar reconciliarse con sus demonios internos, su pasado y su solitario presente.
Aquella mañana la baronesa se había levantado más pronto de lo normal. La noche antes había recibido la llamada telefónica del abogado señor Como anunciándole la visita del escritor Andrés M. Rosario, y ella deseaba dar lo mejor de sí misma para aquel encuentro que llevaba esperando mucho tiempo. Demasiado, quizá. Desde el día en que su hijo Fabricio aprendió a decir palabras de amor desde el corazón y no desde el afecto entre un hijo para con su madre.
Y eso, fue algo que ella jamás perdonó a ninguno de los dos.
Su ama de llaves, la anciana Concetta, le había servido el desayuno en su gabinete cuando el sol apenas había hecho acto de presencia por entre los amplios ventanales de su santuario personal y privado. Y para sorpresa de la vieja criada, la baronesa ya se encontraba frente a su espejo veneciano, arreglada y enjoyada, examinándose concienzudamente para que el escritor español no notara un ápice el paso del tiempo transcurrido.
No desayunó. Ni lo miró tan siquiera. Directamente abandonó su enorme gabinete y se encaminó hacia uno de los salones principales de la villa, en la planta principal del palacete. El salón del piano, como ella lo llamaba. Y allí, mientras aguardaba la llegada de Andrés, concertada para las diez de la mañana, comenzó a tocar Sentimento en una adaptación al piano que habían compuesto especialmente para ella.
Concetta, silenciosa, escuchó la melodía interpretada por la baronesa. Y por un segundo le pareció ver cómo el salón volvía a estar abarrotado por la aristocracia romana, sentados en los laterales del salón mientras el joven Fabricio interpretaba al piano al tiempo que la baronesa entonaba una de sus habituales arias para deleite de sus invitados. Todo volvía a ser como entonces, cuando madre e hijo se sonreían cómplices. Pero eso había ocurrido hacía años. Antes de que el hechizo se rompiera aquella noche en que el joven Fabricio llevó a una de las fiestas a aquel escritor español gran conocedor de la historia y el arte de Roma. El mismo que, en ese instante, llamaba a la puerta arrebatando a Concetta de su ensoñamiento nostálgico.
Ni una palabra de bienvenida. Ni tan siquiera una sonrisa o una mueca de desagrado. Concetta, fiel a si misma y sus recuerdos, se limitó a mirar fijamente a Andrés antes de hacerle pasar al salón. Y Andrés, tragando saliva, se reencontró de golpe con un huracán de tiempo que le llevó, en tan sólo una fracción de segundo y al igual que unos instantes antes a la anciana Concetta, a unos cuantos años atrás en el tiempo. Pero no duró mucho. Con un nudo en la garganta y el corazón, reconoció en las notas al piano la obra que Fabricio había compuesto para él. Y silencioso, se sentó en uno de los antiquísimos butacones del salón a escuchar, nostálgico y lloroso, la melodía que había nacido desde el sentimiento del amor y la soledad más abyecta.
Y después, silencio.
La baronesa Giuditta terminó de tocar Sentimento y aún estuvo unos instantes callada, como si así quisiera mortificar aún más a su invitado, que permanecía igual de silencioso y perdido entre sus recuerdos.
– A usted le parecerá una tortura absurda – dijo la baronesa fríamente y en un italiano muy refinado – Pedí expresamente que la adaptaran para mí para hacerla mía. Mía también. Lo único que me queda de Fabricio y lo único que le queda a usted de él, ahora también es mío.
Andrés, finalmente, se arrancó a hablar con un tono recíproco de reproche y amargura.
– Pudo haber sido de otra manera, baronesa Giuditta. Y pudimos ser también felices. Los tres.
– Por supuesto que sí – le interrumpió ella – Así debió de haber sido si usted no se hubiera interpuesto entre mi hijo y yo.
Andrés miró por todo el salón. Estaba tal y como lo recordaba desde su primera visita a Villa Rissone, años atrás. Todo perfectamente impoluto, calculadamente decorado y pulcramente limpio. Los enormes cuadros familiares, las esculturas de finales de siglo y en un lugar preferente, un busto en mármol de la misma baronesa. Villa Rissone, al igual que Roma, parecía haberse detenido en el tiempo.
– Me consta que mi presencia le incomoda, baronesa. Por eso le pido que no nos hagamos más daño. Que me haga entrega de lo que me habló en su carta… y dejemos que el recuerdo de Fabricio ponga punto final a estas disputas entre nosotros que no conducen a nada.
– El era mi hijo, señor Rosario – dijo ella calculadamente y sin dejar de mirarle a los ojos – Y usted me lo arrebató…
– Nos enamoramos, baronesa. El único arrebato que hubo en aquella historia fue el de los sentimientos que teníamos cada uno por el otro. Una maravillosa historia de amor que usted perjudicó y se empeñó en destruir por encima de cualquier otra cosa…
– Usted destruyó algo más poderoso que ese amor que se profesaban mutuamente – recriminó duramente ella – algo que usted no entenderá jamás. Ni usted ni los que son como usted.
Andrés interrogó con la mirada. Y tras un largo silencio, seguramente perfectamente calculado por la propia baronesa, ella, más que contestar, sentenció.
– El verdadero amor que yo sentía por mi hijo Fabricio.
El escritor la miró de manera triste y amarga. Ahora él calculó sus propios silencios, fieles cómplices de sus recuerdos.
– La que no ha entendido nada ha sido usted, baronesa Di Antonucci. El verdadero amor no nace del linaje ni de ese extraño poder que embriaga más que adorna a los apellidos supuestamente ilustres. El verdadero amor nace de lo más profundo de los corazones y se desarrolla a través de un mágico sentimiento de música y de caricias que traspasa cualquier frontera y a cualquier otro sentimiento… Fabricio y yo lo sabíamos y nos arriesgamos.
– Y perdieron en más de una ocasión.
– Nos perdimos para volver a ganarnos, baronesa.
– ¿Y eso es amor? ¿Ir ganando batallas poco a poco? Conozco de sobra su historia de encuentros y desencuentros. Sus “Ruinas del Esculapio” no hablan de otra cosa. Amó y odió a Fabricio a partes iguales; lo repudió unas veces y lo marginó otras tantas. Hasta el punto de que Fabricio murió solo. Solo, señor Rosario… ¿Dónde estaba usted aquella noche en que lo encontraron muerto en Vía Giulia? ¿Dónde estaba ese amor que tanto le profesaba en el momento en que mi hijo expiró? ¿Dónde, señor Rosario?
Andrés no contestó.
La baronesa, acercándose aún más, le disparó directamente entre los ojos con su arma más mortal. Su odio.
– Usted se encontraba a cientos de kilómetros de distancia, disfrutando de un éxito que no le correspondía, promocionando su falsa historia de amor y llevando el nombre de Fabricio Rissone por todo el mundo al tiempo que usted y su éxito mataban a mi hijo de soledad y amargura. Ahí es donde se encontraba usted exactamente, señor Rosario. Lejos del corazón de Fabricio en la noche en que murió.
Andrés derramó una única lágrima y se levantó para, decidido, abandonar Villa Rissone.
– Piénselo a la inversa, baronesa – le dijo completamente abatido por los recuerdos - ¿Dónde estaba él cuando era yo quien moría de soledad? ¿Con quién yacía él en su buhardilla de Piazza Navona mientras yo le recordaba en cada palabra de mi novela, en cada personaje y en cada descripción que hacía de esta maldita ciudad eterna? Pero aún así, baronesa Di Antonucci, volvimos juntos porque el amor es poderoso. Y sí, volvimos para despedirnos de nuevo… En realidad, Fabricio y yo éramos dos amantes que se amaban en la distancia física y se maldecían en la cercanía de la almohada…
Sus miradas volvieron a clavarse. La de Andrés era de amante herido. La de la baronesa, de insigne victoriosa en su propio terreno.
– Ahora solamente le pido que me haga entrega de aquello que me relataba en su carta. Solo eso. Y le juro que no volveremos a vernos nunca más ni a saber nada el uno del otro.
Giuditta Di Antonucci hizo llamar a Concetta, la cual apareció en el salón del piano con un amplio sobre. Todo calculadamente sincronizado y planeado.
– Fabricio dejó un montón de papeles para usted y alguna que otra fotografía que no he querido mirar… Concetta lo tiene todo preparado en una caja cerrada en el recibidor de la casa. Sin embargo, esto quiero dárselo en persona. Se trata de la última voluntad de Fabricio.
Andrés recogió el sobre de manos de Concetta, y comenzó a abrirlo. Sorprendido, observó el interior con un nudo en la garganta.
– Es la partitura original de Sentimento – dijo ella fríamente – El último recuerdo de su historia de amor con usted.
Andrés la miró con lágrimas en los ojos al tiempo que la baronesa volvía a sentarse de nuevo ante su piano para volver a tocar la partitura que habían adaptado para ella.
– Gracias – musitó Andrés acercándose – Esto significa mucho y usted lo sabe…
La baronesa seguía tocando Sentimento. Era su tortura y la tortura de Andrés. Era el resumen de una historia de amor. El resultado de años de pasión y lejanía. Era, sin lugar a dudas, el alma de Fabricio Rissone. Y Andrés se aferró a la partitura acercándosela al corazón al tiempo que reconocía la letra de Fabricio en las anotaciones, su forma de dibujar las notas y los acordes, y su firma, al final.
– Hay algo más, señor Rosario – dijo ella sin dejar de tocar y antes de que Andrés abandonara el salón principal de Villa Rissone – Ya que usted amó y desamó a Fabricio, debe ser usted quien cumpla la última voluntad de mi hijo.
La baronesa dio un último acorde al piano y le miró directamente a los ojos.
– Esa partitura que significa tanto para usted debe ser hundida en las aguas del lago del Templo del Esculapio, en Villa Borghese… En el mismo enclave mágico y romántico que usted profetizó en el final de su novela. – La baronesa Giuditta siguió hablando conocedora del desconcierto que aquella última voluntad de su hijo Fabricio causaría en el melancólico escritor español – Ya ve usted, señor Rosario. Usted quiso matar definitivamente su historia de amor con Fabricio en la ficción de su novela con el suicidio de su protagonista en el mismo lago del Templo del Esculapio. Pues bien. Ahora será usted también quien lo mate en la vida real. Al igual que Marco en Las ruinas del Esculapio, deberá volver al lago de Villa Borghese para acatar el deseo de mi hijo… ¿Será capaz de hacerlo?
La última frase de la baronesa se clavó en el corazón de Andrés, lloroso al conocer el que era el último deseo de su amado. Y se clavó de una manera certera y cruel, masticando cada palabra y sabiendo que la herida, al pronunciarla, sería mortal.
Andrés decidió abandonar en ese preciso instante Villa Rissone. Y herido mortalmente en lo más profundo de sus sentimientos, intentando aferrarse a sus momentos de felicidad con el que había sido no sólo su verdadero amor, sino también su motivo para vivir, recogió la caja que Concetta le había dejado en el recibidor del palacete. Todos los recuerdos de Fabricio, en una simple caja metálica.
– No me ha contestado, señor Rosario – volvió a increpar la baronesa desde el piano de majestuoso salón – ¿Será capaz de cumplir con el último deseo de Fabricio?
Andrés la miró con lástima, y antes de partir, intentó musitar una última pregunta, el interrogante más amargo de todos.
– Sólo le voy a pedir un último favor, baronesa… Que me diga el lugar exacto donde Fabricio fue enterrado… Y le suplico que no me lo niegue… Un sitio donde poder rezarle, llorarle…
La baronesa, entonces, volvió a ponerse en pie y le miró con una sonrisa fría y más cruel, si cabe, que sus palabras.
Y entonces, más que hablar, la baronesa Di Antonucci volvió a sentenciar.
– Fabricio Rissone no fue enterrado, señor Rosario. Fue incinerado y sus restos están en esta misma casa a la que usted no volverá jamás. Al final, yo he ganado, pues soy la poseedora de los restos de aquel a quien usted amó hasta sus más insospechadas consecuencias. Después de todo, Fabricio, al final, se quedó conmigo para siempre.
Andrés miró con su apagada mirada por todo el salón como intentando averiguar dónde guardaría la baronesa las cenizas de Fabricio. Y una punzada en el corazón hizo que su mirada se clavara en la baronesa, en su frialdad y en su manera de tocar el piano. Y supo entonces que las cenizas de su amado yacían para siempre en una caja oscura y pequeña que la propia Giuditta Di Antonucci había depositado en el interior del piano de cola donde todas las mañanas ella interpretaba su particular versión de Sentimento.
– Nada ha cambiado, señor Rosario. Los dos volvemos a estar en el salón del piano como siempre lo habíamos hecho ante nuestros invitados. La única diferencia es que, ahora, soy yo quien interpreto la melodía mientras él, con su recuerdo, entona una estrofa para mí. La estrofa de su compañía para la posteridad hasta el día en que Dios me lleve de nuevo hasta el regazo de mi hijo.
La baronesa continuó tocando al piano. Y esta vez, ella dejó evidencia de que realmente Fabricio se encontraba junto a ella como en los años lejanos en que Villa Rissone, en plena Vía Sicilia esquina a Vía Veneto, era el lugar de reunión por excelencia de la aristocracia romana.
Pero Andrés ya no se encontraba en el salón para verlo. Completamente abatido, con la partitura original de Sentimento entre sus brazos, y aferrándose a la caja metálica donde se guardaban las fotografías y los recuerdos de Fabricio, caminó por toda la Vía Veneto hasta alcanzar la Porta Pinciana para, unos metros después, adentrarse en Villa Borghese, perderse entre sus jardines a la vez que entre sus recuerdos, y llegar hasta la orilla del lago del Templo del Esculapio.
Y allí, dejándose caer junto a un árbol, arrojando al suelo la caja metálica de los recuerdos físicos de su amado, se abandonó en un llanto sin consuelo alguno al tiempo que un único propósito se apoderaba de él.
Si Sentimento debía ser hundida en las aguas del lago a petición del propio Fabricio, él mismo también se adentraría en las aguas para, así, alcanzar también la eternidad entre los brazos de aquel que le inspiró la vida llenándola del sentimiento mágico del amor.
16
La llegada de la misiva del abogado Como y la frialdad con que la baronesa Giuditta relató a Andrés la triste noticia del fallecimiento de Fabricio en su áspera carta, coincidió en el calendario con el día en que mi viejo maestro me pidió que lo acompañara a Roma. Y fue esa misma noche cuando me leyó el párrafo más triste de “Las ruinas del Esculapio”. Y por coincidencia con su estado de ánimo, la noche antes a su encuentro con la baronesa me recitó de memoria la triste leyenda del Vagabundo de Ponte Sisto.
Y no fue hasta que lo escuché de sus propios labios, cuando comprendí a la perfección el significado de la honda mirada interior de mi mentor. Comprendí lo que amó y lo que lloró al perderlo. Una historia de amor rota por las conveniencias sociales, mucho más poderosas que las distancias geográficas y el poder de las fronteras.
- Se llamaba Fabricio Rissone, el hijo de la poderosa y soberbia baronesa Giuditta, la hija única de un aristócrata poseedor de uno de los apellidos más nobles y antiguos de toda Roma. Y Andrés me contó su triste historia allí mismo, sentados bajo los árboles de Villa Borghese una vez que él se sintió con fuerzas para olvidarse de toda su pesadilla interna de los últimos minutos.
– Desde hacía días que quería habértelo contado todo – comenzó diciéndome con un tono de voz aún débil – Sin embargo, no sabía cómo comenzar, pues la sola idea de volver a rememorar todo aquello ya me aterraba y me paralizaba de una manera atroz y cruel…
“Fabricio… Alguien capaz de inspirarme no sólo amor y ternura a partes iguales, sino también de proporcionar las fuerzas necesarias para que este viejo corazón mío pudiera seguir hacia delante en unos tiempos en que eso del amor, para mí, no era más que una acepción más en el diccionario…”
“Le conocí en uno de mis habituales y por aquel entonces rutinarios viajes a esta Ciudad Eterna. Yo llevaba a unas discípulas mías a que conocieran la Roma Imperial a través de mis ojos y de mi conocimiento. Y junto a esa Roma de restos arqueológicos, la otra Roma del Renacimiento y del esplendor de los grandes genios de las artes… Las paseé por las Galerias, los Museos, las iglesias… Nos maravillamos juntos contemplando las Termas de Diocleciano reconvertidas en Santa Maria degli angeli; les conté la leyenda del origen de la basílica de Santa María Maggiore; caminamos por la Vía del Babuino en dirección Trinita dei Monti y Piazza di Spagna. Y cada uno, también, rememoramos nuestras respectivas historias de amor al pasear bajo los árboles del Jardín de los Naranjos…”
“Sin embargo, la novedad de aquel viaje, insisto en que para mi era uno mas a la Ciudad de mis sueños, fue que de mentor y maestro pasé a convertirme en discípulo al conocer a Fabricio. Y con él, conocí algo más que una ciudad mágica y mítica, casi detenida en el transcurrir del tiempo. Conocí y aprendí el significado de la palabra amor como hacía tiempo que no lo había hecho… Y a partir de ahí, los viajes se hicieron más constantes. Yo a Roma; él a España; juntos a Praga, Viena, la vieja Europa… ver anochecer junto a la orilla del Danubio… De esa manera, los dos crecimos en nuestros respectivos interiores hasta que, un día cualquiera, nos miramos a los ojos para descubrir que ya lo habíamos descubierto todo. Hasta los límites fijados por la monotonía y la ruindad de la rutina. Nuestro amor se rompió antes de verlo convertido en un despojo de lo que había sido. Y fue de mutuo acuerdo hasta el punto de que nos quisimos mas en la distancia que en la unión.”
“Ay, mi joven amigo. Quién sabe dónde están los límites del amor y cuándo se ha de poner un punto final previo a la ruina física de lo construido en un principio a base de caricias e ilusiones… Y es cierto que Fabricio y yo no dejamos de perder el contacto. Aunque eso sólo ocurrió en los primeros años de nuestra separación. A partir de ahí, mis libros de viajes y mis novelas autóctonas adoptaron el sabor agridulce que proporciona el haber vivido y sentido el amor en sus dos vertientes. Y a mi me tocó la parte más oscura y vil. La de los recuerdos. Y fue en ese preciso momento cuando los sinsentidos se apoderaron de mi vida y de mi carrera literaria con un continuo naufragar en divagaciones inconexas y abstractas. Tanto, que cuando se obró el milagro de “Las ruinas del Esculapio”, este se produjo por un nuevo encuentro con Fabricio…”
“Y entre medias, una rara historia que me desbordó por completo… Amar a Fabricio a través de alguien que se entregó en cuerpo y alma porque aquella relación perdurara más de lo estipulado… Sin embargo, no podía entregarme en la misma medida con que ella se entregaba a mi…”
Llegados a este punto, Andrés volvió a guardar un significativo silencio. Su última revelación me había cogido por sorpresa y él se percató de ello. Ella tenía nombre de mujer. Pero Fabricio era la acepción que Andrés poseía en su diccionario sobre el amor.
– Así es… - volvió a decir Andrés al cabo de unos segundos – Mi vida se basó únicamente en la promoción de la novela que Fabricio me había inspirado desde su lejanía física. Y tanto me volqué por dar a conocer mi historia con él, que me vi inmerso en conferencias, viajes, entrevistas y premios.
“Ella era Victoria Olmo, la presidenta del jurado del Esfera. Y juntos, hicimos y convertimos mi novela sobre Roma y el amor perdido en el estandarte de los hambrientos del amor y la felicidad paseándola por medio mundo…”
“Una noche, ella me confesó que se había enamorado de mí a través de la triste historia de Marco. Y por primera vez, volví a sentir esa chispa mágica y cautivadora, aunque abstracta y mentirosa a partes iguales, que proporciona muchas veces el sentirse amado aunque el amar no se corresponda en su justa medida con la capacidad de entrega del otro. En este caso, la otra. Y es que Fabricio, durante la promoción de la novela, volvió a dar señales de vida”.
“Y tuve que elegir, mi joven amigo. Por eso, decidí concertar un nuevo encuentro en Roma y volver a ver a quien en realidad me daba las ganas de vivir aunque sólo fuera por unas horas. La noche antes me sinceré con Victoria y puse punto final a la promoción de la novela. Necesitaba escapar de aquello que me asfixiaba y me mataba. Deseaba volver a la realidad del contacto físico y no al anhelo de su presencia a través de mis personajes no tan ficticios… ¿Lo comprendes? Necesitaba volver a estar con Fabricio. Sentir su aliento en mi nuca y su mirada desbordante ante mis ojos… En definitiva, lo necesitaba a él más que nunca. Y por eso, en mi última noche con Victoria, la nostalgia y la ilusión por un nuevo reencuentro empañó la mirada de aquella a quien le debo tanto”
“El nuevo encuentro en Roma duró simplemente un par de meses. Él había leído la novela, y pese a que me escribió una misiva definitiva acerca de nuestra separación, él, al igual que yo, anhelaba tenerme cerca y entre sus brazos. Y es que si yo había escrito la historia de Marco con la inspiración puesta en Fabricio, él había compuesto “Sentimento” pensando en el tiempo que estuvimos juntos paseando de la mano por las callejuelas del Trastevere o, en una noche mágica, por toda la Vía del Corso desde el Vittoriano hasta el obelisco del Popolo…”
“Sentimento, mi niño. Algo tan cautivador para este corazón mío, que al leer la partitura creí que no volveríamos a separarnos nunca más. Le acompañé en todo el proceso de creación de su composición musical, ajustando los tonos del arpa y el violín, el oboe y el contrabajo. Incluso el acompañamiento sinfónico y la coreografía del ballet fueron ideas surgidas entre los dos”
“Yo parecía el viejo Calvero admirando a la joven Terry de Candilejas. Y él me volvió a confesar que más que amor, lo que había habido entre los dos había sido la inspiración definitiva…”
– Pero él volvió a marcharse – dije al cabo de un reiniciado silencio entre nosotros dos – Y se marchó con la partitura de Sentimento.
– No solo fue la partitura y la coreografía del ballet, mi niño. Se llevó para siempre mis ilusiones y me despojó de mi renovado ensoñamiento mágico y mi creencia en el amor. En resumen, se llevó para siempre el verdadero significado de mis Ruinas del Esculapio y de su Sentimento…
En ese momento, a Andrés se le hizo especialmente difícil retomar su relato sobre los últimos meses vividos. La terrible soledad en que le había dejado de nuevo Fabricio, la amargura al conocer su fallecimiento meses después, y el terrible encuentro, aquella misma mañana, con la baronesa Giuditta Di Antonucci.
Me limité a estrecharle la mano con fuerza. Y el se aferró a ella más que a sus recuerdos. Y sólo después de unos minutos, volvió a mirarme con lágrimas en los ojos tras esbozar una tímida sonrisa.
– Gracias por haber venido conmigo a Roma, mi joven amigo.
17
Qué razón tenía Andrés cuando en aquellas mágicas conversaciones de madrugada en las cuales le relataba mis tristes historias de amor, él me proponía como solución el evadirme de mi realidad y viajar con él a Roma para olvidar todo aquello que rodeaba mi mundo interior. Sin embargo, al lograr mi propósito, ahondé aún más en la propia pesadilla interna de mi mentor. Aquel viaje a Roma me desnudó a Andrés M. Rosario en su integridad hasta el punto de que me hizo partícipe de su propia historia de amor. Y a través de ella, conseguí olvidar la mía casi en su totalidad.
Todo eso me vino a la mente en la última mañana de aquel mi primer viaje a Roma, en los alrededores de Villa Borghese y del Templo del Esculapio, donde habíamos vuelto para que Andrés cumpliera con la última voluntad de aquel que fue su único objeto de constante inspiración y timón en la vida.
Fabricio Rissone, al igual que el triste Marco de Las ruinas del Esculapio, deseó vivir para siempre entre las aguas del laghetto. Y qué mejor manera para permanecer constante y eterno, que el hundir su partitura en las aguas de aquel paradisíaco enclave romano que había visto nacer su historia de amor con el escritor español.
Andrés se encontraba aparentemente sereno en la orilla misma del lago, y aunque sus ojos enrojecidos por el llanto y por aquella definitiva despedida de todo lo que había significado Fabricio para su vida transmitían rabia y desolación, su voz permaneció uniforme en todo momento mientras el abogado señor Como llenaba de piedras la caja de madera donde había guardado previamente la partitura de Sentimento para, llegado el momento y la afirmación silenciosa de mi maestro, hundirla lentamente en las aguas del lago del Templo del Esculapio.
Después, sólo silencio. Unos segundos nada más, pero toda una vida para Andrés, quien tras un leve suspiro, perdió su mirada en el vacío y entre sus recuerdos. Retazos de su historia de amor con Fabricio, seguramente. Y finalmente, como verdadero testamento de su amor, y antes de que la caja con la partitura de su melodía romántica y evocadora se hundiera para siempre en aquellas aguas eternas, una lágrima antes de narrar al atardecer que presenciábamos en Villa Borghese un párrafo de sus Ruinas del Esculapio en homenaje a su amado y coprotagonista de su historia de amor. El párrafo previo a aquel otro que Andrés me recitó en aquella mágica noche en que me propuso hacer este viaje con él. El párrafo de las últimas palabras de Marco, el triste solitario del laghetto, el verdadero vagabundo de Ponte Sisto, como rezaba la leyenda narrada por mi maestro:
“Hoy he vuelto a sentir la misma punzada en el corazón que aquella otra vez en que te alejaste de mi vida. Y te he vuelto a llorar al comprobar cómo tu lejanía se acrecentaba cada vez más hasta el punto de que el único recuerdo tuyo que me queda es el del sabor imborrable de tus besos, el calor de tus abrazos y la ternura de tu mirada…
Me ha dicho la luna que esta vez te has ido con ella para jugar con su luz y sus estrellas. Y también me ha contado en un susurro que todo lo que le había hablado acerca de ti es cierto. Que eres el príncipe del amor y que tu música acompaña a cada una de las pasajeras de la noche, a esas fieles viajeras que brillan con una intensidad y un fulgor inusual en ellas por sí solas.
Pero todo eso yo ya lo sabía. Lo había vivido a tu lado aquí en Roma. Había sentido en primera persona la música de tus besos, había percibido que tu compañía era distinta a la de otros acompañantes que quisieron hacer conmigo el difícil viaje hacia la plenitud del amor… Erais tú y tu nombre, tu presencia y tu mirada, tu sonrisa tan llena de música, tus labios al pronunciar “te quiero”; era tu silencio lo que definía a voces la palabra felicidad…
Pero hoy he visto cómo te ibas de mi lado; cómo olvidabas mi nombre y hasta cómo se escribía la palabra “amor”…
Y hoy… he sentido celos de la luna y las estrellas por tenerte a su lado en esta noche solitaria de otoño. Pero ya no importa, porque pronto alcanzaré de nuevo tus brazos y tu mirada.
Vida que me has quitado el amor y amor, que has naufragado en vida…” (…)
Después, otra vez silencio. Mucho más significativo y poderoso que el anterior. Era el silencio de la despedida.
El párrafo recitado por Andrés me había vuelto a llevar de la mano hacia mi propio mundo interior y a las pesadillas de mi rota historia de amor.
Cuando alcé la mirada de nuevo tras secarme las lágrimas, el abogado Como ya no se encontraba entre nosotros. Andrés permanecía sentado junto a la orilla de lago y tras dudar en un principio sobre qué hacer en ese preciso instante, me encaminé hacia él. Y lo hice lentamente. Sólo me entretuve al mirar, a lo lejos y en uno de los senderos de la mágica Villa Borghese, la silueta de la baronesa Di Antonucci, testigo silencioso del segundo y definitivo entierro de Fabricio, y que aguardaba la llegada de su abogado para volver a su Villa y sus recuerdos. La evocación del hijo que había perdido años atrás víctima de una pasión inenarrable e indescriptible para aquellos que no saben explicar cómo se habla al amor.
Ya en el aeropuerto de Ciampino, aguardando el regreso, Andrés, aún pensativo y nostálgico, me interrogaba con la mirada acerca del resultado de nuestro viaje. No pronunció el nombre de Fabricio en ningún momento. Ni tan siquiera mencionó los dos últimos días. En realidad, aquél había sido su viaje hacia la respuesta que había estado aguardando desde hacía años. Desde siempre, podría confesar. Pero yo, en ese preciso instante, no me atrevía a formularle pregunta alguna.
Nos alzábamos sobre las nubes que cubrían Roma; sobrevolábamos el techo de la Ciudad Eterna al tiempo que el silencio descendía sobre nosotros. Y al esbozarme una tímida sonrisa, Andrés pareció recordar algo.
– He sido un mal anfitrión romano, mi joven amigo – me dijo – Al final, no te he llevado, tal y como te había prometido, a Trevi, a que depositaras la moneda en la fuente para que se cumpliera el deseo de volver en un futuro cercano a pasear por sus calles, a sentir su atmósfera y perderse entres sus gentes.
– Estoy seguro de que volveré algún día – dije seguro de mis palabras y de mi firme propósito.
– En realidad, yo no eché nunca una moneda en la Fontana – confesó – Pero yo jugaba con ventaja en ese sentido. Aquí me aguardaban tantas cosas…
Volvió a su silencio unos segundos nada más. Me brindó otra sonrisa, y desvió la mirada hacia el paisaje aéreo.
– Volverás a Roma – dijo mirándome – Volverás, mi joven amigo. Y volverás a otras tantas cosas que dejaste… Regresarás a la escritura y lo harás estupendamente. Y también volverás al amor. Y es que, en realidad, al amor siempre se vuelve por mucho que nos lo neguemos de una manera constante. Créeme.
Luego me miró con lágrimas a los ojos antes de volver a silenciar sus pensamientos en lo que restaba de viaje.
Medité sus últimas palabras. Yo estaba seguro de que mi historia de amor, aquella de la que había huido en aquel mi primer viaje a Roma, había fracasado por completo. Y es que me había visto envuelto en la triste historia de Andrés, en el paralelismo con aquella otra historia del triste Marco de “Las ruinas del Esculapio”. Por tanto, considerar un punto seguido en mi relación se me hacía harto imposible.
Y pensé en Andrés y en su triste historia con Fabricio Rissone. En sus constantes reencuentros, en su búsqueda perpetua del amor y en su fidelidad mutua a pesar de los mas que repetidos altibajos. Ellos se querían con locura, de esto estaba plenamente seguro. Y aunque aquello pudiera animarme a retomar mi personal y tormentosa historia de amor, en mi fuero interno algo me hacía dudar.
Días después se lo confesé a Andrés. Y mis inquietudes se hicieron realidad cuando recibí un mensaje clarificador que sentenció para siempre el final de mi historia de amor.
Y juntos, como cuando estábamos paseando por las callejuelas del Trastevere, nos fundimos en un abrazo cómplice y sincero.
El mejor arma para combatir a las lágrimas producidas por el desamor.
En aquel momento, Roma estaba completamente en obras. Como también lo estaba mi corazón. Como también se encontraba la vida de Andrés. En un tono de crepúsculo. El mismo tono de la obra literaria de mi viejo maestro. Con la misma intensidad de su “Sentimento”.
(c) ISIDRO R. AYESTARAN - SENTIMENTO - 2007