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Aquella solitaria noche en que la nostalgia se podía palpar en cada rincón de la romántica Vía Giulia, y por ende en toda Roma, apareció muerto el músico Fabricio Rissone. Sin señales de violencia. Simplemente lo hallaron recostado bajo un gran ramaje de hiedra como si se hubiera detenido allí para descansar de algún fatigoso viaje. Seguramente, y eso lo puntualizaron quienes lo conocían, como si reposara de uno de sus constantes tránsitos hacia su mundo interior.
“Un músico callejero” señalaron algunos desde sus ventanas. “Un bohemio harapiento de los de sin oficio ni beneficio” gritaron otros. Y es que ya nadie se acordaba de quién había sido Fabricio Rissone y lo que su familia había significado dentro de la aristocracia romana. Y mucho menos, ningún vecino de la Vía Giulia tenía conocimiento alguno de lo que Rissone tenía en mente para los próximos días. El gran estreno, en un viejo local abandonado del Trastevere, de su composición musical. Una melodía acompañada de “coreografía íntima”, como él definía lo que para él significaba Sentimento.
Pero aquella noche, lejos de los fastos de un estreno musical o de los planes de futuro del músico, lo que verdaderamente importaba era que la tranquilidad de la Vía Giulia se había visto interrumpida por los gritos de una pareja de turistas que, tras haberse fotografiado junto a la fontana mascherone, habían descubierto el cadáver bajo un ventanal plagado de hiedra.
– Quise hacer una foto atípica para una noche en Roma pero típica de suburbios cuasi tercermundistas – explicó la turista española – Un vagabundo durmiendo bajo una ventana. Y es que me llamó la atención que, pese al aspecto descuidado que tenía, su rostro sereno parecía el de un amante cansado de esperar a que su pareja se asomara a la ventana para cantarle una serenata a la luz de la luna.
– Pero enseguida descubrimos que estaba muerto – continuó su acompañante – Estaba tan inmóvil y rígido, que nos asustamos.
– Y es que una vez vimos a una mujer muerta en un verano que pasamos en Santander y este chico estaba igual de rígido. Aunque, claro, aquella mujer era una anciana bien entrada en años y este joven…
El agente Bocelli siguió tomando declaración a la pareja de españoles mientras pensaba que aquello rompía para siempre la armonía de la noche y la tranquilidad de su ronda nocturna. Y pensó también en que aquello retrasaría considerablemente la hora de llegada a casa, donde le esperaría Giselle, la jovencita francesa que había conocido el otoño pasado tras haberla detenido por escándalo público al querer emular a la eterna Anita Ekberg en La dolce vita bailando completamente desnuda en la Fontana di Trevi.
Pero lo verdaderamente importante en aquella noche solitaria en Roma era que Fabricio Rissone había muerto. Y hubo quien dijo que le había visto caminar ilusionado por toda la Via Giulia mientras, con toda probabilidad, tarareaba los compases de su Sentimento; y que, en un momento dado, se tumbó bajo uno de los románticos ventanales cubiertos de hiedra para no levantarse jamás.
Sin embargo, nadie supo jamás que Fabricio Rissone había muerto de soledad, nostalgia y de romanticismo. Y que nunca había conseguido superar su adicción a aquella terrible historia de amor que había vivido con Andrés, el último ganador del más importante certamen literario de España. Y que desde la distancia geográfica y física que los separaba, cada uno gritaba el nombre del otro en cada latido de su corazón.
Seguramente Fabricio, mientras tarareaba Sentimento, pensó por un momento en Andrés.
Y también, con total certeza, el recuerdo de un amor imposible hizo que su corazón se detuviera para siempre.
Sin embargo, todo aquello era ignorado por la excéntrica pareja de turistas españoles acostumbrados a fotografiar cadáveres; incluso al agente Bocelli, los verdaderos detalles de la muerte de Rissone le daban exactamente igual pues él sólo pensaba en la hora de llegar a casa junto a su Giselle, quien seguramente, y en la privacidad de su dormitorio, volvería a emular a la eterna Ekberg.
Pero es ahora, en el momento en que años después de lo ocurrido aquella noche en la vía Giulia me encamino en un segundo y definitivo viaje a la Ciudad Eterna para cumplir con lo prometido a mi viejo maestro, cuando me acuerdo de la noche en que murió Fabricio Rissone y en cómo en aquella noche solitaria y nostálgica de Roma, todo lo que significó Sentimento y todo lo que envuelve a las grandes historias de amor vuelve a hacerse presente desde la perspectiva que me da el saber a ciencia cierta que el amar y el ser amado, muchas veces, no se corresponde con la realidad que me rodea.
Aunque tampoco se correspondía con aquel mi primer viaje, hace tanto ya, con mi maestro Andrés, cuando descubrí para siempre el poder de atracción de Roma y cuando tuve conocimiento de una de las historias de amor más trágicas que me habían tocado vivir.
En aquella ocasión, el pasado arquitectónico de Roma jugaba con el pasado vivido por Andrés y con mi presente.
En aquella ocasión, Roma estaba casi entera en obras.
Como también lo estaba mi corazón…
Aquella solitaria noche en que la nostalgia se podía palpar en cada rincón de la romántica Vía Giulia, y por ende en toda Roma, apareció muerto el músico Fabricio Rissone. Sin señales de violencia. Simplemente lo hallaron recostado bajo un gran ramaje de hiedra como si se hubiera detenido allí para descansar de algún fatigoso viaje. Seguramente, y eso lo puntualizaron quienes lo conocían, como si reposara de uno de sus constantes tránsitos hacia su mundo interior.
“Un músico callejero” señalaron algunos desde sus ventanas. “Un bohemio harapiento de los de sin oficio ni beneficio” gritaron otros. Y es que ya nadie se acordaba de quién había sido Fabricio Rissone y lo que su familia había significado dentro de la aristocracia romana. Y mucho menos, ningún vecino de la Vía Giulia tenía conocimiento alguno de lo que Rissone tenía en mente para los próximos días. El gran estreno, en un viejo local abandonado del Trastevere, de su composición musical. Una melodía acompañada de “coreografía íntima”, como él definía lo que para él significaba Sentimento.
Pero aquella noche, lejos de los fastos de un estreno musical o de los planes de futuro del músico, lo que verdaderamente importaba era que la tranquilidad de la Vía Giulia se había visto interrumpida por los gritos de una pareja de turistas que, tras haberse fotografiado junto a la fontana mascherone, habían descubierto el cadáver bajo un ventanal plagado de hiedra.
– Quise hacer una foto atípica para una noche en Roma pero típica de suburbios cuasi tercermundistas – explicó la turista española – Un vagabundo durmiendo bajo una ventana. Y es que me llamó la atención que, pese al aspecto descuidado que tenía, su rostro sereno parecía el de un amante cansado de esperar a que su pareja se asomara a la ventana para cantarle una serenata a la luz de la luna.
– Pero enseguida descubrimos que estaba muerto – continuó su acompañante – Estaba tan inmóvil y rígido, que nos asustamos.
– Y es que una vez vimos a una mujer muerta en un verano que pasamos en Santander y este chico estaba igual de rígido. Aunque, claro, aquella mujer era una anciana bien entrada en años y este joven…
El agente Bocelli siguió tomando declaración a la pareja de españoles mientras pensaba que aquello rompía para siempre la armonía de la noche y la tranquilidad de su ronda nocturna. Y pensó también en que aquello retrasaría considerablemente la hora de llegada a casa, donde le esperaría Giselle, la jovencita francesa que había conocido el otoño pasado tras haberla detenido por escándalo público al querer emular a la eterna Anita Ekberg en La dolce vita bailando completamente desnuda en la Fontana di Trevi.
Pero lo verdaderamente importante en aquella noche solitaria en Roma era que Fabricio Rissone había muerto. Y hubo quien dijo que le había visto caminar ilusionado por toda la Via Giulia mientras, con toda probabilidad, tarareaba los compases de su Sentimento; y que, en un momento dado, se tumbó bajo uno de los románticos ventanales cubiertos de hiedra para no levantarse jamás.
Sin embargo, nadie supo jamás que Fabricio Rissone había muerto de soledad, nostalgia y de romanticismo. Y que nunca había conseguido superar su adicción a aquella terrible historia de amor que había vivido con Andrés, el último ganador del más importante certamen literario de España. Y que desde la distancia geográfica y física que los separaba, cada uno gritaba el nombre del otro en cada latido de su corazón.
Seguramente Fabricio, mientras tarareaba Sentimento, pensó por un momento en Andrés.
Y también, con total certeza, el recuerdo de un amor imposible hizo que su corazón se detuviera para siempre.
Sin embargo, todo aquello era ignorado por la excéntrica pareja de turistas españoles acostumbrados a fotografiar cadáveres; incluso al agente Bocelli, los verdaderos detalles de la muerte de Rissone le daban exactamente igual pues él sólo pensaba en la hora de llegar a casa junto a su Giselle, quien seguramente, y en la privacidad de su dormitorio, volvería a emular a la eterna Ekberg.
Pero es ahora, en el momento en que años después de lo ocurrido aquella noche en la vía Giulia me encamino en un segundo y definitivo viaje a la Ciudad Eterna para cumplir con lo prometido a mi viejo maestro, cuando me acuerdo de la noche en que murió Fabricio Rissone y en cómo en aquella noche solitaria y nostálgica de Roma, todo lo que significó Sentimento y todo lo que envuelve a las grandes historias de amor vuelve a hacerse presente desde la perspectiva que me da el saber a ciencia cierta que el amar y el ser amado, muchas veces, no se corresponde con la realidad que me rodea.
Aunque tampoco se correspondía con aquel mi primer viaje, hace tanto ya, con mi maestro Andrés, cuando descubrí para siempre el poder de atracción de Roma y cuando tuve conocimiento de una de las historias de amor más trágicas que me habían tocado vivir.
En aquella ocasión, el pasado arquitectónico de Roma jugaba con el pasado vivido por Andrés y con mi presente.
En aquella ocasión, Roma estaba casi entera en obras.
Como también lo estaba mi corazón…
