“Chiunque tu sia, o stranjero, purché uomo libero, non temere qui punto le catere delle leggi. Posseggia dove vuoi, cogli ciò che desideri, ritirati quando ti aggrada. Tutto qui è dispuesto per il godivento degli strarieri prima ancora che per il propietario”

(Quien quiera que seas, oh extranjero, siempre que seas un hombre libre, aquí no tienes por qué temer las cadenas de las leyes. Pasea por donde quieras, coge lo que se te antoje y vete cuando te apetezca. Aquí todo está dispuesto para el placer de los visitantes antes aún que para el propietario)

MARCO AURELIO BORGHESE



“Puedo afirmar que sólo en Roma he podido sentir lo que es el hombre verdaderamente. Nunca después he alcanzado tal elevación, tal fortuna de sensación. Comparado con mi estado en Roma, nunca más he vuelto a ser realmente feliz”

JOHANN WOLFGANG VON GOETHE

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Aquella ausencia buscada de Andrés no había sido la primera. Y si bien ya estaba acostumbrado a sus viajes internos en sus propias pesadillas, el hecho de que aquella mañana me dejara solo vagando por Roma hizo que me replanteara todas las ausencias anteriores hasta llegar a la conclusión de que aquella sí que era la verdadera. No obstante, nos encontrábamos en la ciudad de sus sueños y de su corazón. Y sólo él sabría lo que perdió realmente por entre los muros de la vieja aunque jovial Ciudad Eterna.
Cuando desperté en el hotel con los primeros rayos del sol romano, Andrés ya hacía mucho que lo había abandonado en busca de su quimera y de la respuesta a sus propios tormentos. No lo había hecho desde que terminó "Las ruinas del Esculapio" y me dejó el manuscrito en el buzón de mi casa para que terminara de pasarlo al ordenador. Aquella vez, su ausencia se prolongó por espacio de tres meses. Y cuando nos reencontramos, fue para impulsarme a viajar con él.
Ahora, había sido el constante avivar de recuerdos lo que provocó su ausencia. Todo él se encontraba plasmado en su novela romana, en la leyenda del vagabundo de Ponte Sisto, en la atmósfera que podía respirarse a lo largo de la Vía del Corso hasta llegar a Piazza Popolo. Y sólo él conocía el verdadero significado de canciones como Caruso. Nunca quise preguntarle. Nunca le interrogué acerca de las incógnitas de su corazón. Ni tampoco nunca le confesé que la primera vez que le había visto fue en compañía del joven italiano que había acudido a aquella conferencia al Ateneo y con el que se reencontró de manera romántica en la escalinata de la iglesia de Santa Lucía.
Aquella mañana, inicié el mismo viaje que Marco realiza al final de su trágica novela. Algo me impulsaba a hacerlo. Pensaba que así, podría llegar a la verdadera conclusión de Andrés. A los verdaderos motivos por los que me animó a acompañarle a Roma en ese momento tan especial de su vida. Y es que el Esfera, el prestigioso galardón que había premiado la desnudez de su alma y su corazón, no le había servido más que para continuar naufragando en el mar de su soledad.
Tras recorrer toda la Vía XX Settembre y visitar el Éxtasis de Santa Teresa, una de las obras cumbres de Bernini alojada en una de las capillas de la diminuta y grandiosa a partes iguales Santa María de la Victoria, descendí por toda la Vía Bissolati hasta llegar a la prestigiosa y conocidísima Vía Veneto, lugar de élite y glamour donde se aloja la alta vida social romana y los grandes restaurantes y hoteles de lujo con el Excelsior a la cabeza. Le hice fotografías a la placa dedicada a Fellini – “A Federico Fellini, che fece di Via Veneto il teatro della Dolce Vita” – y me deleité con los fotogramas enmarcados de Marcello y la Ekberg, todo un mundo cinematográfico que me transportaba a otra época de esplendor y magia donde el lujo y el bienestar se convertían, en aquella mañana, en el camino más corto para llegar al origen del viaje de Marco en Las ruinas del Esculapio. Por eso, al finalizar Vía Veneto y llegar hasta la Porta Pinciana, palpé los muros de la muralla para acceder al enorme paraíso de Villa Borghese, aquél cúmulo de jardines y paz espiritual, verdadero refugio de las almas atormentadas y que fuera la residencia del cardenal y mecenas Scipione Borghese allá por el siglo XVII.
Mi paso fue lento. Quise hacerlo así para poder impregnarme de toda la atmósfera que allí se respiraba. Los jardines, el monumento de Goethe, el de lord Byron, el templo de Diana, la Plaza de Siena… Y así, hasta los jardines del Lago.
Y por el camino, infinidad de turistas que se agolpaban por los senderos en busca de la Galería para poder recrearse con las obras maestras de la escultura del Renacimiento. Bernini, como casi siempre, a la cabeza con sus solemnes David, El rapto de Proserpina o las maravillas de las maravillas, Apolo y Dafne, la historia hecha en mármol de cómo la casta Dafne se convirtió en árbol de laurel para huir del acoso del fogoso Apolo; había también gente agolpándose a los pies de los monumentos para hacerse fotos que rememoraran sus jornadas estivales en Roma. Turistas sonriendo a los pies de la estatua ecuestre de Humberto I o bajo las copas de los gigantescos árboles que se encontraban a ambos lados de los senderos de toda la Villa; y también existía otra inmensa minoría que se dedicaba a disfrutar del sol que se filtraba a través de los árboles o a sentarse en los jardines próximos a las balconadas del Pincio.
Mientras caminaba por los senderos por donde había caminado Marco en la novela de Andrés, me reconocí a mí mismo que la Ciudad Eterna había obrado el milagro prometido por Andrés. En los días que llevábamos allí, mi pesadilla de desamor había pasado a un muy segundo plano, casi rayando el país donde habita el olvido. Sin embargo, también constaté que los sabios consejos de Andrés se habían vuelto esta vez en su contra. Y deduje que aquél viaje a Roma no serviría para exorcisar mis problemas y mis demonios internos. Comprendí allí mismo, caminando por los senderos de Villa Borghese, que yo no había sido más que el acompañante de un ser atormentado que, sorprendentemente, había pasado de las páginas de sus escritos a convertirse en un ser de carne y hueso. El propio Andrés convertido en uno de sus personajes.
Sólo anhelaba que no fuera demasiado tarde. Que como Marco, Andrés no hubiera naufragado en las aguas del laghetto en busca de aquella quimera interna y silenciosa que se podía palpar en cada una de sus frases literarias.
– Somos el resultado de nuestras pasiones más escondidas – decía el protagonista de Las ruinas del Esculapio – el resultado de una compleja ecuación matemática tras la cual, al despejar la incógnita, la equis, tan sólo queda polvo y silencio. Y son ese mismo polvo y ese mismo silencio lo que nos hace vagar por senderos inhóspitos en terrenos vírgenes y salvajes…
Esta vez, el propio Andrés, por decisión propia, había acelerado el tiempo previsto para resolver el problema aritmético. Despejó su propia equis y obtuvo el peor resultado que se podría esperar. Vagar por los senderos de la Ciudad de sus sueños a la espera de que alguien lo sacara de su ensoñamiento para darse de bruces con la más dura y triste de las realidades. La propia soledad.
Tras caminar por media Villa Borghese, llegué al lago donde, a sus pies, se encontraba el maravilloso Tempio di Esculapio. Sobre las aguas, varios turistas navegando en pequeñas embarcaciones mientras fotografiaban el maravilloso e idílico alrededor que les ofrecía aquel paradisíaco lugar.
Andrés se encontraba junto al lago, sentado en la hierba bajo un gigantesco árbol, y con la mirada perdida hacia las columnas del templo. Dudé si acercarme o esperar cauteloso entre los árboles para no molestar lo que parecía un viaje hacia su mundo interior. Junto a él, había una carpeta abierta con un buen fajo de folios. También había fotografías que se escurrían entre las manos de mi viejo maestro.
Observé detenidamente cómo él leía de los papeles y cómo contemplaba las fotografías con verdadera nostalgia y triste abatimiento. Y entonces, en un momento dado, se secó las lágrimas que le brotaban del rostro, se puso en pie, y tras echar una última mirada hacia donde se encontraban los folios y las fotografías desperdigadas por la hierba, derramó de nuevo una lágrima para después, decidido, encaminarse hacia la misma orilla del lago. Y lo hizo musitando al viento palabras que no pude oír.
Algo se apoderó de mí entonces y corrí raudo hacia donde se dirigía. Y allí, a los pies del lago de Villa Borghese, frente al templo donde Marco se quitó la vida por no poder resistir el vivir una existencia marcada por la falta de un amor, agarré a mi viejo profesor por el brazo con todas las fuerzas de las que fui capaz. Y él, entonces, me miró con el rostro enjugado por las lágrimas pero no fue capaz de articular palabra. Simplemente miró a su alrededor como si estuviera despertando poco a poco de un terrible sueño y luego, volvió a clavar en mí su apagada mirada.
– Estoy aquí – le dije a los pocos segundos – Y no dejaré que te vayas. No permitiré que la falta de amor acabe con la vida de aquél que me ha inspirado tantas cosas en la mía.
Andrés no contestó a mi impulso ni a mis palabras. Se limitó a sentarse de nuevo bajo los árboles cercanos al Templo del Esculapio y volvió a perderse en sus recuerdos y en su pesadilla de soledad.



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Carta del abogado Marcello Como a Andrés:

A la att. del señor Martínez Rosario, Andrés:

Muy señor mío:

Sirva esta breve misiva para informarle a usted del fallecimiento del señor Fabricio Rissone, acontecida en extrañas circunstancias y sin que aún, a fecha de hoy, nadie haya sabido dar una explicación fehaciente de lo tristemente ocurrido. Sé que la noticia le causará honda emoción a pesar de la ausencia física y del tiempo que hacía que usted no visitaba la villa de la baronesa Giuditta.

Es en nombre de la señora di Antonucci por la que le hago llegar a usted tan lamentable noticia que ha causado profundo penar entre aquellos que fueron sus amigos, aún conmocionados por la desgracia y aún más por cómo fue hallado el cuerpo del joven Rissone.

He creído conveniente remitirle a usted junto a esta carta una serie de correspondencia que el señor Rissone no llegó a enviarle a usted y que se encontró en su buhardilla de Piazza Navona. Le acompaña también una carta personal de la baronesa remitida a usted y que le llegará tal y como ella me la entregó. Lacrada.

Cuánto me hubiera gustado haber vuelto a ponerme en contacto con usted para transmitirle otro tipo de noticias. Sin embargo, la horrible muerte del joven Fabricio ha trastocado mis planes e ilusiones de haber mantenido con usted la correspondencia habitual acerca de las novedades literarias que aquí se producen amén del estado de ciertas obras y remodelaciones que sufre la ciudad y de las que a usted gusta estar puntualmente informado.

Sin más por ahora, y acompañándole a usted en tan duros momentos, reciba un cordial saludo y abrazo de su viejo amigo de la Ciudad Eterna, como usted tan amablemente me definía en sus libros de viajes.

Suyo afectísimo,

Marcello Como - Abogado.

(traducida del italiano original)



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Carta de la baronesa Giuditta de Antonucci a Andrés:

Señor Martínez Rosario, D. Andrés:

Tal y como le habrá informado mi abogado, el señor Como, mi hijo Fabricio ha fallecido la pasada semana. Murió solo, perdido en la Vía Giulia, bajo uno de los palacetes cubiertos de hiedra, y sin nadie a su lado para cerrarle tan siquiera los ojos tras su último suspiro.

No creo que a estas alturas usted se alarme de la frialdad con que le detallo la manera de morir de mi único hijo. Era sabido por todos, y dudo que usted estuviera ajeno a ello, que Fabricio y yo hacía años que no teníamos el más estrecho contacto típico entre madre e hijo. Nos habíamos convertido en dos extraños a pesar de vivir bajo el mismo techo y respirar el mismo aroma del jardín de Villa Rissone hasta el día en que decidió salir de aquellos muros familiares y refugiarse en una destartalada buhardilla cercana a Piazza Navona.

Por otro lado, conocía bien el carácter pervertido de la relación que usted mantuvo durante algún tiempo con mi hijo. No voy a entrar en calificativos ni en reproches. Usted se encargó de airearla a los cuatro vientos en esa repugnante novela que el destino y la insensatez de mi hijo hicieron que llegara a mis manos para vergüenza de todos los que conocen y respetan a la baronesa Giuditta Di Antonucci. Tal vez, por eso mismo, esa misma frialdad que consiguió que mi hijo y yo dejáramos de querernos es la que le traslado a usted en estos mismos momentos.

No obstante, si me he decidido a escribirle a usted, ha sido simplemente por el hecho de que le emplazo a un próximo viaje a Roma para entregarle personalmente – y le reitero el carácter de personalmente – algo que le pertenece a usted por encima de cualquier otra persona. Y supongo que usted sabrá de qué se trata. Por eso mismo estoy completamente segura de que volverá a Roma, y llegará a mi puerta con el propósito de volver a disfrutar de aquella melodía que Fabricio estaba componiendo para usted a pesar de la lejanía que ustedes dos se habían impuesto.

No soy mujer que se deje llevar por apasionamientos ni esas muestras afectivas con que los escritores como usted decoran indecentemente sus historias noveladas. Por tanto, huelga el que me extienda en más explicaciones ni que a usted le muestre el más mínimo afecto en unos momentos en los que usted, supongo, estará dolido por la muerte de Fabricio.
Le insisto en que se ponga en contacto con el señor Como nada más llegar a Roma. Le aguardaré en Villa Rissone para hacerle entrega de lo que usted ha estado esperando durante mucho tiempo.

Baronesa Giuditta Di Antonucci
Villa Rissone – Vía Sicilia – Roma
(traducida del italiano original
)