2
Última carta de Andrés a Fabricio:
Querido Fabricio:
Hacía mucho tiempo que no dedicaba un solo segundo a escribirte. De hecho, si me paro a pensar, quizá hayan pasado dos otoños desde nuestro último encuentro físico. Y desde entonces, una enorme laguna, un obstáculo infranqueable que me ha impedido el hacer lo que esta noche triste y oscura de invierno me ha inspirado.
Y como si de una punzada en el corazón se tratara, como si el anhelo por tenerte cerca de mí hubiese ganado la guerra a la batalla de las incertidumbres, he vuelto a teclear una carta.
Tú ya me conoces. Por eso, decirlo así puede llegar a sonar frío y carente de alma. Una carta.
No, mi vida. Sabes que no es así. Que nunca lo ha sido. Lo que de verdad estoy haciendo en estos momentos es abrirte de nuevo mi corazón; el confesarte que me estoy muriendo por no tenerte entre mis brazos en estos precisos instantes en los que la soledad es más poderosa que nunca. En definitiva, que este egoísmo mío – o la cobardía que me caracteriza, que aún no sé a ciencia cierta cual es mi verdadera señal de identidad – ha vuelto a colocar el dedo en la llaga. Y el único nombre que he pronunciado a la mínima muestra de dolor ha sido el tuyo. Ese nombre que repetí mil veces el día en que te alejaste de mi vida por vez primera. El mismo nombre que repito todas las noches. Tu nombre…
Ya sé que no tengo excusa por la tardanza. Pero también me consta que, entre nosotros, las justificaciones han estado siempre de más. Lo verdaderamente importante es que estábamos y estamos ahí. El uno con el otro.
Por eso, mi niño, no te diré que este retraso conlleva una enorme carga para mí. Y es que desde hace tiempo que no son mis manos las que escriben, sino que son mis lágrimas. Y que este retraso mío viene cimentado por el mundo de los recuerdos que, de nuevo, se ha apoderado de mí; y es que me encuentro con una escasez de fuerzas tal que consiguen que piense que el amor nunca llamó a mi puerta con aquella intensidad con que lo hacías tú. A mí alrededor sólo tuve juegos infantiles en los que siempre ganaba la parte contraria. Y esos juegos me han llevado a arruinarme en muchos aspectos. Hasta el punto de decirte que mi ausencia no era premeditada. En realidad, siempre quise estar junto a ti para que te aferraras a mis manos, que las entrelazaras con las tuyas, como esos amantes que pasean como si no quisieran soltarse jamás…
¿Te acuerdas de aquella especie de juramento que nos hicimos tantas veces? Era la definición perfecta de lo que sentíamos que debía significar el vocablo amor. Esa mágica palabra que fue nuestra verdadera banda sonora… ¿Recuerdas?
Amar. Ese imposible sueño para muchos; ese inalcanzable estado de bienestar; esa perpetua muestra de magia; ese sentimiento que nace en los corazones de aquellos que se ven avocados a vagabundear por el sendero de los sueños lejanos…
Amar. Donde el arco iris es el puente entre la sonrisa y la magia; donde las caricias son el lenguaje universal; donde los silencios son tan significativos como decir “te quiero”…
Amar. La rosa que flota en el océano como recuerdo perpetuo; el surco de las historias hechas a base de sentimiento; el recurso único para restablecer las historias rotas.
Amar. Decir que dos forman parte de uno; saber con la mirada que la vida no vale gran cosa si no se tiene abrazada a la pasión.
Amar. Juntar en una misma frase el TÚ con el YO.
No, mi amor. Yo no quería esta ausencia. Y sigo sin quererla…
Última carta de Andrés a Fabricio:
Querido Fabricio:
Hacía mucho tiempo que no dedicaba un solo segundo a escribirte. De hecho, si me paro a pensar, quizá hayan pasado dos otoños desde nuestro último encuentro físico. Y desde entonces, una enorme laguna, un obstáculo infranqueable que me ha impedido el hacer lo que esta noche triste y oscura de invierno me ha inspirado.
Y como si de una punzada en el corazón se tratara, como si el anhelo por tenerte cerca de mí hubiese ganado la guerra a la batalla de las incertidumbres, he vuelto a teclear una carta.
Tú ya me conoces. Por eso, decirlo así puede llegar a sonar frío y carente de alma. Una carta.
No, mi vida. Sabes que no es así. Que nunca lo ha sido. Lo que de verdad estoy haciendo en estos momentos es abrirte de nuevo mi corazón; el confesarte que me estoy muriendo por no tenerte entre mis brazos en estos precisos instantes en los que la soledad es más poderosa que nunca. En definitiva, que este egoísmo mío – o la cobardía que me caracteriza, que aún no sé a ciencia cierta cual es mi verdadera señal de identidad – ha vuelto a colocar el dedo en la llaga. Y el único nombre que he pronunciado a la mínima muestra de dolor ha sido el tuyo. Ese nombre que repetí mil veces el día en que te alejaste de mi vida por vez primera. El mismo nombre que repito todas las noches. Tu nombre…
Ya sé que no tengo excusa por la tardanza. Pero también me consta que, entre nosotros, las justificaciones han estado siempre de más. Lo verdaderamente importante es que estábamos y estamos ahí. El uno con el otro.
Por eso, mi niño, no te diré que este retraso conlleva una enorme carga para mí. Y es que desde hace tiempo que no son mis manos las que escriben, sino que son mis lágrimas. Y que este retraso mío viene cimentado por el mundo de los recuerdos que, de nuevo, se ha apoderado de mí; y es que me encuentro con una escasez de fuerzas tal que consiguen que piense que el amor nunca llamó a mi puerta con aquella intensidad con que lo hacías tú. A mí alrededor sólo tuve juegos infantiles en los que siempre ganaba la parte contraria. Y esos juegos me han llevado a arruinarme en muchos aspectos. Hasta el punto de decirte que mi ausencia no era premeditada. En realidad, siempre quise estar junto a ti para que te aferraras a mis manos, que las entrelazaras con las tuyas, como esos amantes que pasean como si no quisieran soltarse jamás…
¿Te acuerdas de aquella especie de juramento que nos hicimos tantas veces? Era la definición perfecta de lo que sentíamos que debía significar el vocablo amor. Esa mágica palabra que fue nuestra verdadera banda sonora… ¿Recuerdas?
Amar. Ese imposible sueño para muchos; ese inalcanzable estado de bienestar; esa perpetua muestra de magia; ese sentimiento que nace en los corazones de aquellos que se ven avocados a vagabundear por el sendero de los sueños lejanos…
Amar. Donde el arco iris es el puente entre la sonrisa y la magia; donde las caricias son el lenguaje universal; donde los silencios son tan significativos como decir “te quiero”…
Amar. La rosa que flota en el océano como recuerdo perpetuo; el surco de las historias hechas a base de sentimiento; el recurso único para restablecer las historias rotas.
Amar. Decir que dos forman parte de uno; saber con la mirada que la vida no vale gran cosa si no se tiene abrazada a la pasión.
Amar. Juntar en una misma frase el TÚ con el YO.
No, mi amor. Yo no quería esta ausencia. Y sigo sin quererla…
Si sigues ahí, tan sólo te pido una cosa. Mándame tu aliento y tu sonrisa; envíame tu mirada y ese gesto tuyo que tanto me fascinaba. Envíame la vida para que yo no muera una vez más.
Y puede que sea egoísmo, pero en la posdata de esta misiva tan sólo acierto a decirte una cosa.
Te sigo queriendo.
en algún lugar perdido de mi memoria,
con el corazón puesto en nuestra villa Borghese
– Otoño
3
La estatua que representa al Nilo me seguía ocultando su rostro. En realidad, llevaba siglos así. Escondiéndose del mundo, ocultándose de la ignominia que rodea a la humanidad desde siempre. Su rostro había sido una incógnita de la misma manera que habían sido desconocidos para el ser humano tantos y tantos secretos de la naturaleza y de la vida misma. Y su origen, como el del sentimiento del amor, el secreto mejor guardado desde el principio de la vida.
A su lado, el Danubio y el Río de la Plata seguían absortos con la mirada angustiada puesta hacia las alturas y con los brazos abiertos, como esperando que las mismísimas estrellas del firmamento cayeran sobre ellos, mientras que el Canges, señorial junto a su palmera, continuaba fijo en su tarea de contemplar a los viandantes y artistas bohemios que se daban cita en Piazza Navona al tiempo que ellos, los Cuatro Ríos, mayúsculos y soberbios, emergían del traventino de la magnífica fuente central que Bernini había dispuesto para dar rienda suelta a su creatividad y su enorme inspiración.
Esa misma inspiración de la que hizo gala Andrés la noche en que me propuso aquél viaje a la Ciudad Eterna. Roma.
La noche se mostraba radiante. Y pude comprobar que, a pesar de la distancia, el otoño también le sentaba bien a Roma; le daba la misma atmósfera romántica y nostálgica de mi ciudad; respiraba el mismo aire y sentía las mismas punzadas de soledad mientras contemplaba a los ciudadanos del mundo que se daban cita allí mismo. Y en aquel preciso instante, entre el barullo de los artistas que poblaban de manera dispersa toda la plaza Navona, desde la fuente de Neptuno hasta la del Moro, reinas de los dos extremos de la plaza; a la vez que los mimos estáticos y maravillosamente pintados de gris a semejanza de las estatuas que pululaban por cada uno de los rincones de Roma mostraban su arte escénico y callejero; mientras los vendedores ambulantes de camisetas o de reproducciones de obras de arte – por todos los tenderetes pululaban mil copias de la Piedad, del Coliseo o de la fachada del Vaticano – voceaban sus sospechosas gangas; a medida que iban llegando los turistas que venían de visitar el Panteón de Agrippa tras degustar los famosos helados en la Plaza de la Rotonda, o de haber recorrido las galerías empapeladas de maravillosos cuadros de todas la épocas en la Galería Doria Pamphilj; fue en ese mismo momento, decía, cuando un sentimiento que creía perdido para siempre, me arrebataba de la atmósfera romana para llevarme de regreso a ese mundo interior que conseguía, la mayor de las veces, que el articular palabra alguna me fuera harto imposible porque, lisa y llanamente, ese poder absoluto denominado soledad en el amor, aparecía y reaparecía a su antojo. Y sin querer, mientras de fondo un niño cantaba al son de su acordeón la mítica Torna a Sorrento, volví a recrear la angustia de mi última historia de amor, fracasada tras años de vivencias y experiencias. Pero no pronuncié su nombre ni tan siquiera con el mayor de los silencios. Solos allí, el recuerdo y yo, mientras todo el mundo en Piazza Navona paseaba por entre los cuadros de los pintores harapientos y bohemios, se detenían a presenciar a los mimos o a escuchar las napolitanas que cantaban los músicos callejeros por entre las terrazas que ocupaban toda la hilera de edificios que daban lo mejor de sí mismos a la oscura y misteriosa fachada de Borromini para Santa Agnese in Agone.
Y es que los silencios siempre han formado parte de mi vida. Desde el principio había hecho uso y abuso de ellos como si fueran la receta perfecta para aliviar los dolores agudos que proporcionan los recuerdos amargos y las tristes historias de amor. En este caso, la mía. Pero esta vez, ni tan siquiera esa vieja fórmula mágica que siempre daba resultado para estos casos concretos, la de fugarme de mí mismo y mi entorno para olvidar el pasado más reciente, parecía funcionar. Por eso, en aquel preciso instante yo parecía no encajar en el idílico y maravilloso ambiente que se respiraba en Piazza Navona aquella noche.
Y Andrés pareció percatarse de ello.
– Hay que ver qué místico te pones hasta cuando estás callado – soltó despertándome de mi vacío y de mi pensamiento – Pero hombre, disfruta de Piazza Navona. De este enorme paraíso que se abre a tus ojos… Y deja de abstraerte, puñeta, que vas a conseguir que esta noche maravillosa se torne dura y hasta melancólica.
Tenía razón en sus palabras. Aunque la verdad sea dicha, Andrés siempre parecía tener razón en todo lo que hacía o decía. El lo achacaba a la experiencia de los años, a los vapuleos en eso de los sentimientos y el amor, y, en definitiva y como común denominador al resto de los mortales, a las lágrimas que se lloran en la más estricta de las soledades. Y todo ello, le había servido como ingrediente mágico a la hora de escribir esos maravillosos libros que le valieron fama y prestigio durante los últimos años. El último, “Las ruinas del Esculapio”, una maravillosa historia de amor y soledad con la mítica Villa Borghese de fondo y con Roma como constante referencia en cada uno de sus capítulos y sus múltiples personajes, le había proporcionado el premio más importante del mundo de la literatura española.
Yo tenía la inmensa suerte de ser su amigo y ser, por qué no decirlo, de los primeros que leían sus obras cuando aún estaban toscamente encuadernadas y fotocopiadas del manuscrito que guardaba siempre celosamente para los suyos. Porque Andrés era de los pocos que escribían sus libros a bolígrafo y de los escasos que apilaban fardos de folios por todo su despacho. Y de los pocos, también, en quien podía confiar. Con Andrés, podía pasarme horas y horas hablando de mis neuras, de mis pesadillas y de mis traumas. El sabía escuchar y hacía gala de ello en nuestras conversaciones constantes de madrugada. Luego, en forma de novela, me daba sus respuestas y me proporcionaba sus consejos sabios y certeros. En cada frase, en cada poema, en cada línea, me veía representado. Y sus reprimendas siempre eran considerables por eso de que él me aconsejaba con la visión de los años y porque a él, tiempo atrás, le había pasado exactamente lo mismo que a mí podía ocurrirme en cada momento del día.
Gracias a Andrés, me vi instruido en el arte del escapismo para, así, evitar caer en las nostalgias de los recuerdos. Su antídoto parecía, en un primer momento, de lo más sencillo. Viajar. Huir del entorno agresor. Escapar del bullicioso mundo interior donde los reproches y las preguntas asaltan al ser abandonado a la primera de cambio. En definitiva, aferrarse a un nuevo horizonte para comprobar que, a pesar de la historia de amor rota de turno, uno, todavía, era capaz de sentirse vivo y disfrutar con ello.
Por eso me propuso viajar a Roma con él. Allí el tenía una tarea pendiente, un secreto suyo que nunca quise ni permití que desvelara. Supuse que iría para tomar notas para un nuevo libro de viajes o algo parecido. Y aunque al principio me negaba con absurdas excusas, pronto comprendí la imperiosa necesidad de huir de mi entorno hacia el horizonte que él me prometía.
Pero así con todo, y a pesar del gran impacto que me provocó aquella mi primera noche en Roma, aún el recuerdo de mi dolor estaba demasiado reciente como para dedicarme en cuerpo y alma a las explicaciones de Andrés sobre el barroquismo de Navona.
Fue un segundo nada más – o quizá años en una sola fracción de segundo –, pero agradecí el que Andrés me sacara de mi recuerdo íntimo para aferrarme, en ese mismo instante, a la atmósfera bohemia e idílica de cada uno de los rincones de la plaza. Su plaza, como comprendí tiempo después.
– Disculpa – acerté a balbucear – Estaba tan concentrado en esas pinturas de artistas de cine que, por un momento, me dio la impresión de que uno de los dibujos iba a recobrar vida para guiñarme un ojo de manera cómplice.
Andrés miró hacia donde le indicaba con la mirada. Al mismísimo centro de la plaza, junto a la fuente de los Cuatro Ríos. Allí, entre músicos, mimos y vendedores ambulantes, se encontraba un joven sentado frente a un gran lienzo blanco del que comenzaba a destacarse el rostro de una joven enigmática. Lauren Bacall en cualquier fotograma de las películas que había hecho con Bogart. Y junto al retrato de la Bacall, y colgados de cuerdas, varios retratos de artistas de cine, de gente anónima, y de bocetos de edificios y fuentes clásicas de la Ciudad Eterna.
Utilizando el mismo estilo de Piranesi en sus Vedute di Roma, el joven pintor realizaba trazos en negro sobre el enorme lienzo. Una manera mágica de plasmar la realidad más cercana y concreta pero, al mismo tiempo, dejando entrever en cada rasgo, su abstracto sentido del ambiente circundante y el prisma con que él miraba cada reflejo de vida y aliento. Y en su mirada, concentrada no sólo en lo que pintaba, sino también en su propio mundo interior, algo me decía que, a pesar de las distancias físicas marcadas por las fronteras y la geografía más abyecta, él y yo éramos uno; un mismo personaje angustiado en busca de una mirada amable. Y es que, las personas que nos dedicamos a plasmar de alguna manera nuestra propia existencia, ya sea en un folio en forma de relato, o en un lienzo dando como resultado una pintura que no es otra cosa sino la verdadera visión del artista, tenemos ese raro sexto sentido que provoca el que, a través de nuestras obras, nos reconozcamos en los trabajos de los que son como nosotros. Yo, al igual que Andrés, también escribía dejándome llevar por mi, cada día, más angustioso mundo interior. Y aunque mis obras literarias no iban más allá del cajón de mi mesita de noche, no cesaba en mis intentos por lograr transmitir mi visión del mundo a través de mis personajes. Tal vez por eso, dejé a Andrés con la mirada fija en el trabajo del pintor y, con una sonrisa, me encaminé hacia el joven pintor, quien no se inmutó cuando me sintió cercano a él. Continuó con su mágica labor. Lauren Bacall me sonreía de manera fría y cómplice. Pero no sólo ella. Los retratos de los artistas de cine parecían sonreírme por haberme acercado hasta ellos. Los grandes mitos de la época dorada del glorioso blanco y negro y los viandantes anónimos del resto de los cuadros, se habían unido para darme la bienvenida. Y entre todos ellos, uno verdaderamente emotivo. La imagen de una mujer apenas realizada con cinco o seis trazos, apoyada en la balaustrada del Ponte San Angelo, entre dos de las estatuas maravillosas que lo adornan y lo alientan mientras ella, con la mirada perdida en algún punto del Tíber, dejaba escapar una lágrima.
Y no hizo falta el entender un idioma extraño. Con una sonrisa, el artista me miró y me ofreció el lienzo tan pronto terminó, con un rápido movimiento de muñeca, de realizar unos trazos sobre lo que para él era el Tiber. El Fiume Tevere, como le gustaba llamarle a Andrés, quien era de la opinión de que a las maravillas había que denominarlas por su verdadero nombre de origen. Para él, las traducciones de las ciudades y las obras de la naturaleza no eran sino el enmascaramiento de una realidad. Por eso, aún utilizando el castellano en Roma, él siempre se refería a cada uno de los lugares que visitaríamos por su nombre en italiano.
– No te pide dinero – me dijo Andrés a mis espaldas traduciéndome lo que me decía el artista en un italiano muy cerrado – Con que te hayas acercado a presenciar su obra ya se siente pagado con creces…
Andrés le habló al pintor mientras, con una sonrisa, recogí el lienzo y lo examiné más concienzudamente. Era una auténtica maravilla que parecía traspasar cada latido de mi corazón. Una mujer solitaria apoyada en un puente mientras deja caer una lágrima al río. Unos trazos simples para recrear un complejo y angustioso momento en la vida de una atormentada mujer.
– Ya está – dijo Andrés al cabo de unos segundos de animada charla con el pintor – Le he dado unos euros y podemos irnos.
El joven artista volvió a sus quehaceres sacando un nuevo lienzo y comenzando a realizar unos trazos hasta dar con la inspiración adecuada para recrear un nuevo y maravilloso pedazo de vida.
Pero aún así, no me resistí a irme de su lado sin antes volver a acercarme a él para lograr que nuestras miradas, de nuevo, coincidieran.
Y con una sonrisa sincera y cómplice, el artista de Piazza Navona quedó doblemente pagado.
Y puede que sea egoísmo, pero en la posdata de esta misiva tan sólo acierto a decirte una cosa.
Te sigo queriendo.
en algún lugar perdido de mi memoria,
con el corazón puesto en nuestra villa Borghese
– Otoño
3
La estatua que representa al Nilo me seguía ocultando su rostro. En realidad, llevaba siglos así. Escondiéndose del mundo, ocultándose de la ignominia que rodea a la humanidad desde siempre. Su rostro había sido una incógnita de la misma manera que habían sido desconocidos para el ser humano tantos y tantos secretos de la naturaleza y de la vida misma. Y su origen, como el del sentimiento del amor, el secreto mejor guardado desde el principio de la vida.
A su lado, el Danubio y el Río de la Plata seguían absortos con la mirada angustiada puesta hacia las alturas y con los brazos abiertos, como esperando que las mismísimas estrellas del firmamento cayeran sobre ellos, mientras que el Canges, señorial junto a su palmera, continuaba fijo en su tarea de contemplar a los viandantes y artistas bohemios que se daban cita en Piazza Navona al tiempo que ellos, los Cuatro Ríos, mayúsculos y soberbios, emergían del traventino de la magnífica fuente central que Bernini había dispuesto para dar rienda suelta a su creatividad y su enorme inspiración.
Esa misma inspiración de la que hizo gala Andrés la noche en que me propuso aquél viaje a la Ciudad Eterna. Roma.
La noche se mostraba radiante. Y pude comprobar que, a pesar de la distancia, el otoño también le sentaba bien a Roma; le daba la misma atmósfera romántica y nostálgica de mi ciudad; respiraba el mismo aire y sentía las mismas punzadas de soledad mientras contemplaba a los ciudadanos del mundo que se daban cita allí mismo. Y en aquel preciso instante, entre el barullo de los artistas que poblaban de manera dispersa toda la plaza Navona, desde la fuente de Neptuno hasta la del Moro, reinas de los dos extremos de la plaza; a la vez que los mimos estáticos y maravillosamente pintados de gris a semejanza de las estatuas que pululaban por cada uno de los rincones de Roma mostraban su arte escénico y callejero; mientras los vendedores ambulantes de camisetas o de reproducciones de obras de arte – por todos los tenderetes pululaban mil copias de la Piedad, del Coliseo o de la fachada del Vaticano – voceaban sus sospechosas gangas; a medida que iban llegando los turistas que venían de visitar el Panteón de Agrippa tras degustar los famosos helados en la Plaza de la Rotonda, o de haber recorrido las galerías empapeladas de maravillosos cuadros de todas la épocas en la Galería Doria Pamphilj; fue en ese mismo momento, decía, cuando un sentimiento que creía perdido para siempre, me arrebataba de la atmósfera romana para llevarme de regreso a ese mundo interior que conseguía, la mayor de las veces, que el articular palabra alguna me fuera harto imposible porque, lisa y llanamente, ese poder absoluto denominado soledad en el amor, aparecía y reaparecía a su antojo. Y sin querer, mientras de fondo un niño cantaba al son de su acordeón la mítica Torna a Sorrento, volví a recrear la angustia de mi última historia de amor, fracasada tras años de vivencias y experiencias. Pero no pronuncié su nombre ni tan siquiera con el mayor de los silencios. Solos allí, el recuerdo y yo, mientras todo el mundo en Piazza Navona paseaba por entre los cuadros de los pintores harapientos y bohemios, se detenían a presenciar a los mimos o a escuchar las napolitanas que cantaban los músicos callejeros por entre las terrazas que ocupaban toda la hilera de edificios que daban lo mejor de sí mismos a la oscura y misteriosa fachada de Borromini para Santa Agnese in Agone.
Y es que los silencios siempre han formado parte de mi vida. Desde el principio había hecho uso y abuso de ellos como si fueran la receta perfecta para aliviar los dolores agudos que proporcionan los recuerdos amargos y las tristes historias de amor. En este caso, la mía. Pero esta vez, ni tan siquiera esa vieja fórmula mágica que siempre daba resultado para estos casos concretos, la de fugarme de mí mismo y mi entorno para olvidar el pasado más reciente, parecía funcionar. Por eso, en aquel preciso instante yo parecía no encajar en el idílico y maravilloso ambiente que se respiraba en Piazza Navona aquella noche.
Y Andrés pareció percatarse de ello.
– Hay que ver qué místico te pones hasta cuando estás callado – soltó despertándome de mi vacío y de mi pensamiento – Pero hombre, disfruta de Piazza Navona. De este enorme paraíso que se abre a tus ojos… Y deja de abstraerte, puñeta, que vas a conseguir que esta noche maravillosa se torne dura y hasta melancólica.
Tenía razón en sus palabras. Aunque la verdad sea dicha, Andrés siempre parecía tener razón en todo lo que hacía o decía. El lo achacaba a la experiencia de los años, a los vapuleos en eso de los sentimientos y el amor, y, en definitiva y como común denominador al resto de los mortales, a las lágrimas que se lloran en la más estricta de las soledades. Y todo ello, le había servido como ingrediente mágico a la hora de escribir esos maravillosos libros que le valieron fama y prestigio durante los últimos años. El último, “Las ruinas del Esculapio”, una maravillosa historia de amor y soledad con la mítica Villa Borghese de fondo y con Roma como constante referencia en cada uno de sus capítulos y sus múltiples personajes, le había proporcionado el premio más importante del mundo de la literatura española.
Yo tenía la inmensa suerte de ser su amigo y ser, por qué no decirlo, de los primeros que leían sus obras cuando aún estaban toscamente encuadernadas y fotocopiadas del manuscrito que guardaba siempre celosamente para los suyos. Porque Andrés era de los pocos que escribían sus libros a bolígrafo y de los escasos que apilaban fardos de folios por todo su despacho. Y de los pocos, también, en quien podía confiar. Con Andrés, podía pasarme horas y horas hablando de mis neuras, de mis pesadillas y de mis traumas. El sabía escuchar y hacía gala de ello en nuestras conversaciones constantes de madrugada. Luego, en forma de novela, me daba sus respuestas y me proporcionaba sus consejos sabios y certeros. En cada frase, en cada poema, en cada línea, me veía representado. Y sus reprimendas siempre eran considerables por eso de que él me aconsejaba con la visión de los años y porque a él, tiempo atrás, le había pasado exactamente lo mismo que a mí podía ocurrirme en cada momento del día.
Gracias a Andrés, me vi instruido en el arte del escapismo para, así, evitar caer en las nostalgias de los recuerdos. Su antídoto parecía, en un primer momento, de lo más sencillo. Viajar. Huir del entorno agresor. Escapar del bullicioso mundo interior donde los reproches y las preguntas asaltan al ser abandonado a la primera de cambio. En definitiva, aferrarse a un nuevo horizonte para comprobar que, a pesar de la historia de amor rota de turno, uno, todavía, era capaz de sentirse vivo y disfrutar con ello.
Por eso me propuso viajar a Roma con él. Allí el tenía una tarea pendiente, un secreto suyo que nunca quise ni permití que desvelara. Supuse que iría para tomar notas para un nuevo libro de viajes o algo parecido. Y aunque al principio me negaba con absurdas excusas, pronto comprendí la imperiosa necesidad de huir de mi entorno hacia el horizonte que él me prometía.
Pero así con todo, y a pesar del gran impacto que me provocó aquella mi primera noche en Roma, aún el recuerdo de mi dolor estaba demasiado reciente como para dedicarme en cuerpo y alma a las explicaciones de Andrés sobre el barroquismo de Navona.
Fue un segundo nada más – o quizá años en una sola fracción de segundo –, pero agradecí el que Andrés me sacara de mi recuerdo íntimo para aferrarme, en ese mismo instante, a la atmósfera bohemia e idílica de cada uno de los rincones de la plaza. Su plaza, como comprendí tiempo después.
– Disculpa – acerté a balbucear – Estaba tan concentrado en esas pinturas de artistas de cine que, por un momento, me dio la impresión de que uno de los dibujos iba a recobrar vida para guiñarme un ojo de manera cómplice.
Andrés miró hacia donde le indicaba con la mirada. Al mismísimo centro de la plaza, junto a la fuente de los Cuatro Ríos. Allí, entre músicos, mimos y vendedores ambulantes, se encontraba un joven sentado frente a un gran lienzo blanco del que comenzaba a destacarse el rostro de una joven enigmática. Lauren Bacall en cualquier fotograma de las películas que había hecho con Bogart. Y junto al retrato de la Bacall, y colgados de cuerdas, varios retratos de artistas de cine, de gente anónima, y de bocetos de edificios y fuentes clásicas de la Ciudad Eterna.
Utilizando el mismo estilo de Piranesi en sus Vedute di Roma, el joven pintor realizaba trazos en negro sobre el enorme lienzo. Una manera mágica de plasmar la realidad más cercana y concreta pero, al mismo tiempo, dejando entrever en cada rasgo, su abstracto sentido del ambiente circundante y el prisma con que él miraba cada reflejo de vida y aliento. Y en su mirada, concentrada no sólo en lo que pintaba, sino también en su propio mundo interior, algo me decía que, a pesar de las distancias físicas marcadas por las fronteras y la geografía más abyecta, él y yo éramos uno; un mismo personaje angustiado en busca de una mirada amable. Y es que, las personas que nos dedicamos a plasmar de alguna manera nuestra propia existencia, ya sea en un folio en forma de relato, o en un lienzo dando como resultado una pintura que no es otra cosa sino la verdadera visión del artista, tenemos ese raro sexto sentido que provoca el que, a través de nuestras obras, nos reconozcamos en los trabajos de los que son como nosotros. Yo, al igual que Andrés, también escribía dejándome llevar por mi, cada día, más angustioso mundo interior. Y aunque mis obras literarias no iban más allá del cajón de mi mesita de noche, no cesaba en mis intentos por lograr transmitir mi visión del mundo a través de mis personajes. Tal vez por eso, dejé a Andrés con la mirada fija en el trabajo del pintor y, con una sonrisa, me encaminé hacia el joven pintor, quien no se inmutó cuando me sintió cercano a él. Continuó con su mágica labor. Lauren Bacall me sonreía de manera fría y cómplice. Pero no sólo ella. Los retratos de los artistas de cine parecían sonreírme por haberme acercado hasta ellos. Los grandes mitos de la época dorada del glorioso blanco y negro y los viandantes anónimos del resto de los cuadros, se habían unido para darme la bienvenida. Y entre todos ellos, uno verdaderamente emotivo. La imagen de una mujer apenas realizada con cinco o seis trazos, apoyada en la balaustrada del Ponte San Angelo, entre dos de las estatuas maravillosas que lo adornan y lo alientan mientras ella, con la mirada perdida en algún punto del Tíber, dejaba escapar una lágrima.
Y no hizo falta el entender un idioma extraño. Con una sonrisa, el artista me miró y me ofreció el lienzo tan pronto terminó, con un rápido movimiento de muñeca, de realizar unos trazos sobre lo que para él era el Tiber. El Fiume Tevere, como le gustaba llamarle a Andrés, quien era de la opinión de que a las maravillas había que denominarlas por su verdadero nombre de origen. Para él, las traducciones de las ciudades y las obras de la naturaleza no eran sino el enmascaramiento de una realidad. Por eso, aún utilizando el castellano en Roma, él siempre se refería a cada uno de los lugares que visitaríamos por su nombre en italiano.
– No te pide dinero – me dijo Andrés a mis espaldas traduciéndome lo que me decía el artista en un italiano muy cerrado – Con que te hayas acercado a presenciar su obra ya se siente pagado con creces…
Andrés le habló al pintor mientras, con una sonrisa, recogí el lienzo y lo examiné más concienzudamente. Era una auténtica maravilla que parecía traspasar cada latido de mi corazón. Una mujer solitaria apoyada en un puente mientras deja caer una lágrima al río. Unos trazos simples para recrear un complejo y angustioso momento en la vida de una atormentada mujer.
– Ya está – dijo Andrés al cabo de unos segundos de animada charla con el pintor – Le he dado unos euros y podemos irnos.
El joven artista volvió a sus quehaceres sacando un nuevo lienzo y comenzando a realizar unos trazos hasta dar con la inspiración adecuada para recrear un nuevo y maravilloso pedazo de vida.
Pero aún así, no me resistí a irme de su lado sin antes volver a acercarme a él para lograr que nuestras miradas, de nuevo, coincidieran.
Y con una sonrisa sincera y cómplice, el artista de Piazza Navona quedó doblemente pagado.
