4
Hacía pocos días que Andrés había cumplido sesenta años. Y durante los últimos treinta, había pasado de ser una promesa de la literatura autóctona con sus libros de viajes sobre la región, a ganar el Esfera, el más prestigioso de los premios que se concedían a una novela en este bendito país. Y aunque en sí, el trofeo no es que valiera mucho artísticamente hablando, la difusión que tendría a partir de ese momento “Las ruinas del Esculapio” sería más que inmediata.
Para él fue todo un triunfo pese a que a partir de ese mismo momento, el anonimato en que había vivido siempre se vería literalmente alterado. Y con ello, nuestras habituales charlas de madrugada. Ahora tendría que viajar más para dar a conocer su libro en todos los puntos cardinales del país. Ahora, más que nunca, sería el Andrés viajero que había sido siempre. La diferencia la marcarían los calendarios y las agendas marcadas por su agente editorial. Y con ello, la libertad de la que había disfrutado siempre.
Cuando por fin se decidió a enviar su manuscrito convenientemente mecanografiado en mi ordenador personal a la dirección de la editorial Esfera, lo celebramos yéndonos de copas. Y fue esa misma noche cuando me confesó que yo, realmente, era Marco, el protagonista de “Las ruinas del Esculapio” que se ve inmerso en la más triste historia de amor de cuantas había escrito.
– No podía ser de otra manera – me dijo -. Tú, más que nadie, debías ser Marco. Tú le diste vida a base de escucharte, mientras te miraba al relatarme tus tristezas y tus angustias; Tú, mi joven amigo, el auténtico vagabundo de los jardines de Villa Borghese, el náufrago del Laghetto. El enamorado perdido que, herido de amor, camina sobre las aguas para caer junto a las columnas del templo…
“Roma, mi buen amigo – continuaba diciéndome a intervalos cortos – me transforma y me hiere a partes iguales. Por un lado, me convierte en alguien que no puedo ser en esta maldita ciudad. Consigue darme la vitalidad que necesito para recrear la literatura que de verdad siento que debo escribir aunque me destroce por dentro cada vez que desnudo mi alma en forma de libro. Pero por otro lado, cuando estoy lejos de mi Ciudad Eterna, soy alguien desvalido y vulnerable que no es capaz de dar, como se dice vulgarmente, pie con bolo”.
Yo le escuchaba mientras revisaba la portada que había diseñado para la copia que se envió a la editorial Esfera a fin de participar en su certamen. Una litografía antigua que rebusqué en Internet hasta dar con la apropiada. Un dibujo del Tempio di Esculapio y, a sus pies, el laghetto de Villa Borghese. Y mientras me recreaba en la litografía y en sus palabras, no dejaba de pensar en que, una vez más, su forma de expresarse daba muestra de una verdad certera, ya que, como él, yo también moría un poco cada vez que finalizaba un relato.
– Léeme un párrafo – me atreví a pedirle tras unos segundos de silencio absoluto.
– ¿Cuál quieres?
Cerré los ojos y comencé a pasar hojas hasta que mis dedos pararon en seco. Abrí la encuadernación y se la ofrecí. Andrés sonrió a conciencia y, apenas mirando al texto, sino mirándome a los ojos, me recitó casi de memoria las últimas palabras que Marco le dedica a la vida y al amor antes de dejarse caer al lago y llegar a la escalinata del templo:
“Vida que me has quitado el amor y amor, que has naufragado en vida… Aquí me tienes, en pleno delirio de soledad y amargura, embriagado por las lágrimas que he vertido y me he bebido para, en un alarde de autodestrucción, acabar conmigo con mis propias armas… ¿Qué puedo decirte, mi vida? ¿Que ya no vivo sin ti a mi lado? ¿Que soy un juguete roto, un vagabundo sin rumbo ni destino?
Aquí, en nuestro lago de Villa Borghese, te dije que te amaba por vez primera; que mi vida, sin tu aliento, carecía de lo más importante y urgente. Tu referencia. Tu aplauso al llegar a la meta. En definitiva, la complicidad de tus caricias. Aquí, en algún lugar perdido de los jardines, nos amamos y nos convertimos en un solo cuerpo con una única aspiración. Ser felices en un solo corazón. El mismo motor para los dos…
He caminado por las ruinas del Foro Imperial; he recorrido de nuevo toda la Via Giulia y he contemplado sus fachadas plagadas de hiedra; he subido al Monte Testaccio y le he lanzado un beso al Jardín de los Naranjos; He orado en silencio ante la imagen del Crucificado y me he conmovido ante la serenidad de la Virgen de la Piedad…
He recorrido todo aquello que tú y yo emprendimos juntos. Y ahora, amor mío, me he soltado de tu mano espiritual para aferrarme a algo mucho más poderoso que tu recuerdo. Y lo hago caminando por las aguas del Laghetto sin necesidad de barca física ni remos materiales. El barco es el amor y los remos son las ansias que tengo por volver a tenerte junto a mi lado. Sé que con esas poderosas armas, mi victoria será segura y tú y yo volveremos a la unidad de la que disfrutamos en otros tiempos.
Sí… Ya oigo de fondo Caruso. Ya, nuestra melodía, me da la perspectiva que necesitaba para sentir que estoy próximo a ti.
Han caído Imperios, se han perdido guerras y hemos perdido a nuestros ancestros para siempre… Pero existe algo tan poderoso que, ni la soberbia del ser humano ni la incapacidad de los dignatarios podrán arrebatar jamás a los que son como tú y como yo.
Ya te veo escondido por entre las columnas del Templo. Por eso, ya estoy en condiciones de decir y pregonar que aquello que siempre permanecerá invicto es el amor, nuestro amor, nuestra verdadera razón de ser…
He llegado por fin a tu lado. Ya te has dejado ver en el pórtico de entrada del Esculapio… Te has aproximado a mí con la sonrisa que siempre te caracterizó y, con un beso profundo, verdadera señal de amor, me has devuelto a la vida que habías estado preparando para mí desde tu lejanía.
Gracias, mi amor, por haber regresado a mi lado”
El silencio volvió a nosotros. El impacto del fragmento recitado por Andrés removió viejos recuerdos y una callada lágrima recorrió mi rostro. Verdaderamente, aquella noche supe de antemano que Andrés ganaría el Esfera. El premio material de la editorial por excelencia. El otro, el premio de la amistad más certera y sincera ya lo había ganado hacía mucho tiempo.
Andrés permaneció callado más tiempo aún. Pensativo en lo que había creado y en cómo, una noche más, me había desnudado su alma de nuevo. Y fue entonces cuando el silencio se vio roto por una orden casi inmediata que apenas disfrazaba un ruego:
– Tienes que venir a Roma, mi buen amigo – bebió otro trago y me miró a los ojos – Alguien que me ha inspirado como tú lo has hecho y alguien que me ha hecho remover viejas pesadillas, debe conocer la Ciudad Eterna a través de mis ojos. Sí. Roma nos aguarda, mi buen amigo. Y con ella, toda su magia y misterio, su pasión y su recuerdo…
Como respuesta ante la sugerencia de mi mentor, tan sólo acerté a esbozar una sonrisa a modo de afirmación. La única opción posible tratándose de alguien como Andrés.
5
La poderosa estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio corona el mismo centro de Roma y del Campidoglio, la colina capitolina que diseñara Miguel Angel allá por el siglo XVI y donde se encuentra el Museo Capitolio – abierto al público desde 1400 – junto con los tres Palazzos. El Senatori en el centro, flanqueado por el Conservatori y el Nuovo, realizado ya a la muerte del eterno artista de Caprese. Y junto a la magnánima estatua del emperador, su maravillosa leyenda. Aquella que reza que cuando el fulgor del bronce de la estatua deje de brillar, ese mismo día dejará de existir Roma; y al desaparecer Roma, desaparecerá también el mundo entero.
– En realidad – explicó Andrés – dicha estatua es una copia del original que se guarda bajo siete llaves. Y es curioso que una estatua de un emperador romano llegara hasta nuestros días. Lo que ocurre, mi joven amigo, es que pensaron que en vez de Marco Aurelio se trataba de una estatua del emperador Constantino, el que mandó erigir la primitiva basílica de San Pedro.
Andrés continuaba narrándome las maravillas de la Ciudad Eterna al tiempo que descendíamos por la Cordonata, la gran escalinata de acceso al Campidoglio, y me dejé llevar por Andrés por toda la Vía del Teatro Marcello para, a través de ella, llegar hasta el Foro Boario, en el margen derecho del Tíber.
Los primeros templos de la era arcaica aparecían ante mi absorta y pasmada mirada, empachada de tanta obra de arte maravillosa y magnífica. Y no me importaba el insoportable calor que hacía a mediados del mes de octubre ni que, antes de partir, me dijeran por activa y por pasiva que lleváramos ropa de abrigo, que hasta los gladiadores pasaron frío en sus respectivos octubres. Pues bien. Todo lo contrario. Pleno verano en pleno octubre.
Veníamos de haber paseado por Piazza Venezia y haber admirado el monumental mausoleo del rey Victor Manuel II de Saboya, un impresionante monumento de hasta seis alturas, todo ello de mármol blanco y plagado de profusas escalinatas y maravillosas columnas, artesonados de lujo, frisos labrados como los grandes templos del Imperio Romano y la Grecia clásica, y coronado por dos enormes carros tirados por caballos y guiados por sendos ángeles. Y subiendo la primera y enorme escalinata, adornada con carteles anunciando la prohibición de sentarse en las escaleras, tirar papeles en el recinto, fumar y tirar las colillas por cualquier sitio y un largo etcétera de “é vietato”, dos militares perennes custodiando la llama eterna de la tumba del Soldado Desconocido, a los pies de la gigantesca estatua ecuestre del monarca.
– La primera en la frente – pensé boquiabierto y perplejo.
Andrés sonreía ante mi constante admiración.
– La tarta nupcial – me dijo – o la máquina de escribir. Así llaman despectivamente al Vittoriano, el Altar de la Patria, ya que parece un adorno atemporal entre las ruinas de la era del Imperio. Personalmente lo considero una obra de arte a pesar de las críticas por su soberbia suntuosidad de las que fue objeto en el momento de su inauguración allá por 1911. Pero bueno. Nunca llueve a gusto de todos… Se realizó para conmemorar todo el proceso de la Unificación Italiana, y en su interior alberga el Museo del Risorgimento, con múltiples documentos, cartas, cuadros y grabados relativos al proceso de la transformación política, social y económica que sufrió Italia a mediados del XIX. Hay hasta uniformes y una galería de bustos con los protagonistas de todo el tinglado. Garibaldi, Mazzini, Cavour… Y no sólo está dedicado a los protagonistas del Risorgimento. Aquí está expuesta toda la historia de Italia desde el siglo XVIII hasta el fin de la Gran Guerra Mundial. Todo un acontecimiento interesante que visitaremos a lo largo de estos días…
Le escuchaba boquiabierto. Andrés era un enamorado de la historia de Roma y nadie mejor que él para transmitirla con esa pasión de los que hablan permanentemente con el corazón. Y es que, escuchándole, a uno le parecía que cada obra de arte de las que pululaban por cada rincón de la Ciudad Eterna hacía juego con Andrés y su radiante personalidad. Y sólo él pudo brindar a la ciudad de sus sueños el mejor de los homenajes en forma de libro. “Las ruinas del Esculapio” no sólo era una referencia a las grandes historias de amor. Era el fruto de un apasionamiento mutuo entre literatura y Roma.
– Y detrás de tan impresionante mole – continuó – el Foro Imperial y algunas de las mejores vistas de todo Roma. Como podrás observar, Roma es de esas ciudades en que, si me permites la vulgaridad, hasta los perros cagan obras de arte.
Tenía razón. Si la primera noche, cansado del viaje, no dejé de admirar a la gente bohemia que se paseaba por Piazza Navona, a primera hora de la mañana la admiración no decayó ni un ápice. Mientras salíamos del hotel, bajando la impresionante Via Nazionale, ya los caballos alados del Mausoleo me advertían de lo que me estaba esperando unos metros más allá. Y entre las maravillas, los hallazgos arqueológicos del Foro del emperador Trajano con la mítica columna que, en relieve y en una espiral a lo largo de treinta metros, nos narra las dos victorias del emperador contra los Dacios.
– La estatua que corona la columna no es la del emperador – explicó de nuevo – Es una estatua de San Pedro que mandó instalar en el siglo XVI el Papa Sixto V. En aquella época cristianizaban todo edificio pagano y a todo bicho viviente. Ya sabes. Casi como ahora. Había que dejar la huella aunque, por otro lado, eso permitió que mucho de la época romana pudiera llegar hasta nuestros días.
Junto a la columna de Trajano, las ruinas de sus templos y de lo que fueran los Mercados en la época del emperador realizados por Apolodoro de Damasco. Además, unido al de Trajano, también vimos las ruinas de los Foros de los emperadores Augusto, Nerva y Vespasiano. Todo un verdadero cementerio de restos de la Roma Imperial resquebrajado por la Vía del Foro Imperial, un sendero de hormigón que bordea las ruinas de cabo a rabo hasta llegar al Coliseo.
– A los Foros hay que venir también de noche. Con la iluminación artificial es un auténtico espectáculo para la vista. Créeme. Si uno cierra los ojos y los vuelve a abrir a los pocos segundos, habrá imaginado que, por entre los restos de los templos, las basílicas y las columnas, el mismísimo emperador, los patricios y hasta las doncellas de la diosa Vesta, la protectora del Hogar, seguirían paseando como si el tiempo se hubiera detenido para todos…
Dejando atrás los Foros Imperiales y al Vittoriano, nos encaminamos hacia la colina capitolina, sede del Ayuntamiento junto a al Palacio de los Conservadores y el Palacio Nuevo. En su parte central, junto a la estatua ecuestre de Marco Aurelio, vimos el círculo dorado que indica que estábamos en el mismísimo centro de Roma.
Y por fin, tras descender toda la Vía del Teatro Marcello, llegamos al Foro Boario, el primer asentamiento romano antes de la construcción de los Foros Imperiales. La zona donde, tras hallazgos arqueológicos, se descubrió que habían existido mercados de animales y hortalizas y cuya estructura actual se debía a los arqueólogos y arquitectos que, en los primeros años del siglo XX, demolieron, sin dudarlo apenas, toda una barriada medieval para situar los restos encontrados tal y como debieron erigirse en los siglos anteriores a la era cristiana.
Así, Andrés me paseó por las ruinas del Apolo Soriano, tres únicas columnas del impresionante templo que el cónsul Cayo Sosio mandó construir a base de materiales e imágenes de la Grecia clásica del sigo V antes de Cristo y que fueron traídas a la Ciudad Eterna como botín de guerra.
A su lado, el Teatro Marcello, que Julio César comenzara a construir allá por el siglo I antes de Cristo y que, a su muerte, terminó el emperador Augusto dedicado al hijo de su hermana Octavia, Marco Claudio Marcelo.
– Según he podido averiguar – explicó Andrés – el día de su inauguración se sacrificaron a más de seiscientas fieras. Con capacidad para unos quince mil espectadores, funcionó como teatro hasta la mitad del siglo IV. Luego, fue reconstruido en fuerte militar hasta que en el siglo XVI, se reestructuró completamente cegando todos los arcos de la parte superior con ventanas que aún perduran y que le dan este extraño aspecto…
Y era verdad. El impresionante teatro, lugar de juegos y sacrificios, reconvertido en propiedad privada como vivienda de la familia Orsini en el siglo XVIII. Aún así, seguía impresionando lo poco que se conservaba del templo original así como las reestructuraciones a las que fue sometido en el medievo. Una mezcla extraña de estilos característico de las ruinas que pululaban por todo Roma. Por eso, mientras me acercaba a la balaustrada que delimitaba su acceso, creí hacerme cómplice del paso del tiempo y de las jugadas del destino y del capricho de unos cuantos. Aún así, podía hacerme una perfecta idea de cómo debió de ser la vida en la Roma Imperial y, a través de esas ruinas, de las costumbres en la Edad Media hasta llegar a las grandes fachadas del Renacimiento.
– Esa es la magia de Roma – comentó mi mentor y amigo – Que uno, en la Ciudad Eterna, puede sentir la atmósfera de los siglos desde la era arcaica hasta nuestros días. Pocas ciudades, por no decir ninguna otra, pueden trasladarnos a cualquier época. Así, podemos asombrarnos por los treinta metros de altura del Teatro Marcello y por cómo un lugar de juego y sacrificio humano sirvió de morada para grandes familias reconvirtiéndolo en lo que ves ahora, mi querido amigo.
La explicación de Andrés se evidenció aún más al contemplar San Nicola in Carcere, la iglesia construída a partir de las ruinas de tres templos distintos, cuyas columnas aún podían verse en el lateral izquierdo de la gran fachada que, en pleno Renacimiento, realizara el gran Giacomo della Porta.
– Y tenemos que agradecer el que Papas de aquella época cristianizaran diversos templos y ruinas de la época imperial reconvirtiéndolo en iglesias como esta. Por eso han podido conservarse tantas y tantas edificaciones.
Otro buen ejemplo de las palabras de Andrés lo encontré al contemplar el Tempio della Fortuna Virile, con toda probabilidad uno de los templos más antiguos de la Roma arcaica, dedicado al dios Portuno, el protector de las actividades portuarias en el Tíber y que fuera reestructurado con el paso de los siglos, transformado en iglesia cristiana en el siglo IX bajo el nombre de Santa María Egipciaca y restaurado a principios del siglo pasado de tal manera que se quiso dejar evidencia de lo que era primitivo y de las reformas posteriores.
– Como podrás comprobar, es el más característico de los templos romanos. Su escalanita de acceso a la nave, esas columnas de orden jónico hechas en travertino, la piedra blanca procedente de los Montes Tiburtinos… ¡Ay, Roma…!
A su lado, el Tempio di Vesta, dedicado a la diosa protectora del hogar, y por ende de toda la ciudad de Roma, y que pasó a convertirse en iglesia cristiana en la Edad Media bajo el nombre de Santa María del Sol, aunque en las reformas del siglo XX se le volviera a dar su aspecto primitivo.
Y todo ello, rodeado por el marco incomparable de la Piazza Bocca della Veritá, coronada por la magistral Fuente de los Tritones y que servía como preámbulo idílico para adentrarnos en el pórtico mítico de Santa María in Cosmedín, donde Gregory Peck llevó a la princesa Audrey Hepburn en la película “Vacaciones en Roma”.
– Santa María la Bella o la Decorada – me explicó Andrés – la iglesia construida allá por el siglo VI supuestamente por una comunidad procedente de Constantinopla y que luego fue reestructurada con el paso de los siglos hasta conseguir el resultado que ves ahora, mi joven amigo. Es uno de los enclaves más mágicos y concurridos de todo Roma precisamente por su pórtico, donde se encuentra La Bocca della veritá, lugar de peregrinación de cientos de turistas que no se resisten a no fotografiarse junto a ella.
Y mientras esperábamos pacientemente a que unos turistas japoneses acabaran de fotografiarse mientras sonreían divertidos al meter la mano dentro de la Boca de la Efigie, Andrés me contó la leyenda. Dicha obra no era más que una boca de alcantarilla circular donde estaba tallado el rostro de un hombre con los orificios de los dos ojos y la boca. Pues bien, la leyenda contaba que servía para desenmascarar a los delincuentes y a los mentirosos de tal forma que si un reo que hubiera mentido ante un tribunal declarándose inocente del delito que le imputaran, si introducía la mano en la hendidura de la boca, quedaría seguramente manco pues la Boca se la habría cortado.
– ¿Y eso era cierto? – pregunté incrédulo.
Andrés sonrió abiertamente.
– Mi querido amigo, la Bocca della Veritá, como tantas cosas en esta Ciudad Eterna, no son mas que efectos maravillosamente bien planificados para que el encanto del paso de los siglos nos haga pasear y respirar el mismo aire de Julio César o de la mismísima Reina Cristina de Suecia cuando se dio un garbeo por aquí para ver al Papa.
Y volvió a sonreír cuando, divertido, contempló a los turistas japoneses que se alternaban los unos con los otros mientras los primeros metían la mano en la hendidura de la Boca y los segundos los fotografiaban para la posteridad.
Seguramente sus manos saldrían intactas. Cuando un hombre sonríe, no hace falta pedirle pruebas de su conducta.
La sonrisa no necesita de tribunales ni de jueces.
Hacía pocos días que Andrés había cumplido sesenta años. Y durante los últimos treinta, había pasado de ser una promesa de la literatura autóctona con sus libros de viajes sobre la región, a ganar el Esfera, el más prestigioso de los premios que se concedían a una novela en este bendito país. Y aunque en sí, el trofeo no es que valiera mucho artísticamente hablando, la difusión que tendría a partir de ese momento “Las ruinas del Esculapio” sería más que inmediata.
Para él fue todo un triunfo pese a que a partir de ese mismo momento, el anonimato en que había vivido siempre se vería literalmente alterado. Y con ello, nuestras habituales charlas de madrugada. Ahora tendría que viajar más para dar a conocer su libro en todos los puntos cardinales del país. Ahora, más que nunca, sería el Andrés viajero que había sido siempre. La diferencia la marcarían los calendarios y las agendas marcadas por su agente editorial. Y con ello, la libertad de la que había disfrutado siempre.
Cuando por fin se decidió a enviar su manuscrito convenientemente mecanografiado en mi ordenador personal a la dirección de la editorial Esfera, lo celebramos yéndonos de copas. Y fue esa misma noche cuando me confesó que yo, realmente, era Marco, el protagonista de “Las ruinas del Esculapio” que se ve inmerso en la más triste historia de amor de cuantas había escrito.
– No podía ser de otra manera – me dijo -. Tú, más que nadie, debías ser Marco. Tú le diste vida a base de escucharte, mientras te miraba al relatarme tus tristezas y tus angustias; Tú, mi joven amigo, el auténtico vagabundo de los jardines de Villa Borghese, el náufrago del Laghetto. El enamorado perdido que, herido de amor, camina sobre las aguas para caer junto a las columnas del templo…
“Roma, mi buen amigo – continuaba diciéndome a intervalos cortos – me transforma y me hiere a partes iguales. Por un lado, me convierte en alguien que no puedo ser en esta maldita ciudad. Consigue darme la vitalidad que necesito para recrear la literatura que de verdad siento que debo escribir aunque me destroce por dentro cada vez que desnudo mi alma en forma de libro. Pero por otro lado, cuando estoy lejos de mi Ciudad Eterna, soy alguien desvalido y vulnerable que no es capaz de dar, como se dice vulgarmente, pie con bolo”.
Yo le escuchaba mientras revisaba la portada que había diseñado para la copia que se envió a la editorial Esfera a fin de participar en su certamen. Una litografía antigua que rebusqué en Internet hasta dar con la apropiada. Un dibujo del Tempio di Esculapio y, a sus pies, el laghetto de Villa Borghese. Y mientras me recreaba en la litografía y en sus palabras, no dejaba de pensar en que, una vez más, su forma de expresarse daba muestra de una verdad certera, ya que, como él, yo también moría un poco cada vez que finalizaba un relato.
– Léeme un párrafo – me atreví a pedirle tras unos segundos de silencio absoluto.
– ¿Cuál quieres?
Cerré los ojos y comencé a pasar hojas hasta que mis dedos pararon en seco. Abrí la encuadernación y se la ofrecí. Andrés sonrió a conciencia y, apenas mirando al texto, sino mirándome a los ojos, me recitó casi de memoria las últimas palabras que Marco le dedica a la vida y al amor antes de dejarse caer al lago y llegar a la escalinata del templo:
“Vida que me has quitado el amor y amor, que has naufragado en vida… Aquí me tienes, en pleno delirio de soledad y amargura, embriagado por las lágrimas que he vertido y me he bebido para, en un alarde de autodestrucción, acabar conmigo con mis propias armas… ¿Qué puedo decirte, mi vida? ¿Que ya no vivo sin ti a mi lado? ¿Que soy un juguete roto, un vagabundo sin rumbo ni destino?
Aquí, en nuestro lago de Villa Borghese, te dije que te amaba por vez primera; que mi vida, sin tu aliento, carecía de lo más importante y urgente. Tu referencia. Tu aplauso al llegar a la meta. En definitiva, la complicidad de tus caricias. Aquí, en algún lugar perdido de los jardines, nos amamos y nos convertimos en un solo cuerpo con una única aspiración. Ser felices en un solo corazón. El mismo motor para los dos…
He caminado por las ruinas del Foro Imperial; he recorrido de nuevo toda la Via Giulia y he contemplado sus fachadas plagadas de hiedra; he subido al Monte Testaccio y le he lanzado un beso al Jardín de los Naranjos; He orado en silencio ante la imagen del Crucificado y me he conmovido ante la serenidad de la Virgen de la Piedad…
He recorrido todo aquello que tú y yo emprendimos juntos. Y ahora, amor mío, me he soltado de tu mano espiritual para aferrarme a algo mucho más poderoso que tu recuerdo. Y lo hago caminando por las aguas del Laghetto sin necesidad de barca física ni remos materiales. El barco es el amor y los remos son las ansias que tengo por volver a tenerte junto a mi lado. Sé que con esas poderosas armas, mi victoria será segura y tú y yo volveremos a la unidad de la que disfrutamos en otros tiempos.
Sí… Ya oigo de fondo Caruso. Ya, nuestra melodía, me da la perspectiva que necesitaba para sentir que estoy próximo a ti.
Han caído Imperios, se han perdido guerras y hemos perdido a nuestros ancestros para siempre… Pero existe algo tan poderoso que, ni la soberbia del ser humano ni la incapacidad de los dignatarios podrán arrebatar jamás a los que son como tú y como yo.
Ya te veo escondido por entre las columnas del Templo. Por eso, ya estoy en condiciones de decir y pregonar que aquello que siempre permanecerá invicto es el amor, nuestro amor, nuestra verdadera razón de ser…
He llegado por fin a tu lado. Ya te has dejado ver en el pórtico de entrada del Esculapio… Te has aproximado a mí con la sonrisa que siempre te caracterizó y, con un beso profundo, verdadera señal de amor, me has devuelto a la vida que habías estado preparando para mí desde tu lejanía.
Gracias, mi amor, por haber regresado a mi lado”
El silencio volvió a nosotros. El impacto del fragmento recitado por Andrés removió viejos recuerdos y una callada lágrima recorrió mi rostro. Verdaderamente, aquella noche supe de antemano que Andrés ganaría el Esfera. El premio material de la editorial por excelencia. El otro, el premio de la amistad más certera y sincera ya lo había ganado hacía mucho tiempo.
Andrés permaneció callado más tiempo aún. Pensativo en lo que había creado y en cómo, una noche más, me había desnudado su alma de nuevo. Y fue entonces cuando el silencio se vio roto por una orden casi inmediata que apenas disfrazaba un ruego:
– Tienes que venir a Roma, mi buen amigo – bebió otro trago y me miró a los ojos – Alguien que me ha inspirado como tú lo has hecho y alguien que me ha hecho remover viejas pesadillas, debe conocer la Ciudad Eterna a través de mis ojos. Sí. Roma nos aguarda, mi buen amigo. Y con ella, toda su magia y misterio, su pasión y su recuerdo…
Como respuesta ante la sugerencia de mi mentor, tan sólo acerté a esbozar una sonrisa a modo de afirmación. La única opción posible tratándose de alguien como Andrés.
5
La poderosa estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio corona el mismo centro de Roma y del Campidoglio, la colina capitolina que diseñara Miguel Angel allá por el siglo XVI y donde se encuentra el Museo Capitolio – abierto al público desde 1400 – junto con los tres Palazzos. El Senatori en el centro, flanqueado por el Conservatori y el Nuovo, realizado ya a la muerte del eterno artista de Caprese. Y junto a la magnánima estatua del emperador, su maravillosa leyenda. Aquella que reza que cuando el fulgor del bronce de la estatua deje de brillar, ese mismo día dejará de existir Roma; y al desaparecer Roma, desaparecerá también el mundo entero.
– En realidad – explicó Andrés – dicha estatua es una copia del original que se guarda bajo siete llaves. Y es curioso que una estatua de un emperador romano llegara hasta nuestros días. Lo que ocurre, mi joven amigo, es que pensaron que en vez de Marco Aurelio se trataba de una estatua del emperador Constantino, el que mandó erigir la primitiva basílica de San Pedro.
Andrés continuaba narrándome las maravillas de la Ciudad Eterna al tiempo que descendíamos por la Cordonata, la gran escalinata de acceso al Campidoglio, y me dejé llevar por Andrés por toda la Vía del Teatro Marcello para, a través de ella, llegar hasta el Foro Boario, en el margen derecho del Tíber.
Los primeros templos de la era arcaica aparecían ante mi absorta y pasmada mirada, empachada de tanta obra de arte maravillosa y magnífica. Y no me importaba el insoportable calor que hacía a mediados del mes de octubre ni que, antes de partir, me dijeran por activa y por pasiva que lleváramos ropa de abrigo, que hasta los gladiadores pasaron frío en sus respectivos octubres. Pues bien. Todo lo contrario. Pleno verano en pleno octubre.
Veníamos de haber paseado por Piazza Venezia y haber admirado el monumental mausoleo del rey Victor Manuel II de Saboya, un impresionante monumento de hasta seis alturas, todo ello de mármol blanco y plagado de profusas escalinatas y maravillosas columnas, artesonados de lujo, frisos labrados como los grandes templos del Imperio Romano y la Grecia clásica, y coronado por dos enormes carros tirados por caballos y guiados por sendos ángeles. Y subiendo la primera y enorme escalinata, adornada con carteles anunciando la prohibición de sentarse en las escaleras, tirar papeles en el recinto, fumar y tirar las colillas por cualquier sitio y un largo etcétera de “é vietato”, dos militares perennes custodiando la llama eterna de la tumba del Soldado Desconocido, a los pies de la gigantesca estatua ecuestre del monarca.
– La primera en la frente – pensé boquiabierto y perplejo.
Andrés sonreía ante mi constante admiración.
– La tarta nupcial – me dijo – o la máquina de escribir. Así llaman despectivamente al Vittoriano, el Altar de la Patria, ya que parece un adorno atemporal entre las ruinas de la era del Imperio. Personalmente lo considero una obra de arte a pesar de las críticas por su soberbia suntuosidad de las que fue objeto en el momento de su inauguración allá por 1911. Pero bueno. Nunca llueve a gusto de todos… Se realizó para conmemorar todo el proceso de la Unificación Italiana, y en su interior alberga el Museo del Risorgimento, con múltiples documentos, cartas, cuadros y grabados relativos al proceso de la transformación política, social y económica que sufrió Italia a mediados del XIX. Hay hasta uniformes y una galería de bustos con los protagonistas de todo el tinglado. Garibaldi, Mazzini, Cavour… Y no sólo está dedicado a los protagonistas del Risorgimento. Aquí está expuesta toda la historia de Italia desde el siglo XVIII hasta el fin de la Gran Guerra Mundial. Todo un acontecimiento interesante que visitaremos a lo largo de estos días…
Le escuchaba boquiabierto. Andrés era un enamorado de la historia de Roma y nadie mejor que él para transmitirla con esa pasión de los que hablan permanentemente con el corazón. Y es que, escuchándole, a uno le parecía que cada obra de arte de las que pululaban por cada rincón de la Ciudad Eterna hacía juego con Andrés y su radiante personalidad. Y sólo él pudo brindar a la ciudad de sus sueños el mejor de los homenajes en forma de libro. “Las ruinas del Esculapio” no sólo era una referencia a las grandes historias de amor. Era el fruto de un apasionamiento mutuo entre literatura y Roma.
– Y detrás de tan impresionante mole – continuó – el Foro Imperial y algunas de las mejores vistas de todo Roma. Como podrás observar, Roma es de esas ciudades en que, si me permites la vulgaridad, hasta los perros cagan obras de arte.
Tenía razón. Si la primera noche, cansado del viaje, no dejé de admirar a la gente bohemia que se paseaba por Piazza Navona, a primera hora de la mañana la admiración no decayó ni un ápice. Mientras salíamos del hotel, bajando la impresionante Via Nazionale, ya los caballos alados del Mausoleo me advertían de lo que me estaba esperando unos metros más allá. Y entre las maravillas, los hallazgos arqueológicos del Foro del emperador Trajano con la mítica columna que, en relieve y en una espiral a lo largo de treinta metros, nos narra las dos victorias del emperador contra los Dacios.
– La estatua que corona la columna no es la del emperador – explicó de nuevo – Es una estatua de San Pedro que mandó instalar en el siglo XVI el Papa Sixto V. En aquella época cristianizaban todo edificio pagano y a todo bicho viviente. Ya sabes. Casi como ahora. Había que dejar la huella aunque, por otro lado, eso permitió que mucho de la época romana pudiera llegar hasta nuestros días.
Junto a la columna de Trajano, las ruinas de sus templos y de lo que fueran los Mercados en la época del emperador realizados por Apolodoro de Damasco. Además, unido al de Trajano, también vimos las ruinas de los Foros de los emperadores Augusto, Nerva y Vespasiano. Todo un verdadero cementerio de restos de la Roma Imperial resquebrajado por la Vía del Foro Imperial, un sendero de hormigón que bordea las ruinas de cabo a rabo hasta llegar al Coliseo.
– A los Foros hay que venir también de noche. Con la iluminación artificial es un auténtico espectáculo para la vista. Créeme. Si uno cierra los ojos y los vuelve a abrir a los pocos segundos, habrá imaginado que, por entre los restos de los templos, las basílicas y las columnas, el mismísimo emperador, los patricios y hasta las doncellas de la diosa Vesta, la protectora del Hogar, seguirían paseando como si el tiempo se hubiera detenido para todos…
Dejando atrás los Foros Imperiales y al Vittoriano, nos encaminamos hacia la colina capitolina, sede del Ayuntamiento junto a al Palacio de los Conservadores y el Palacio Nuevo. En su parte central, junto a la estatua ecuestre de Marco Aurelio, vimos el círculo dorado que indica que estábamos en el mismísimo centro de Roma.
Y por fin, tras descender toda la Vía del Teatro Marcello, llegamos al Foro Boario, el primer asentamiento romano antes de la construcción de los Foros Imperiales. La zona donde, tras hallazgos arqueológicos, se descubrió que habían existido mercados de animales y hortalizas y cuya estructura actual se debía a los arqueólogos y arquitectos que, en los primeros años del siglo XX, demolieron, sin dudarlo apenas, toda una barriada medieval para situar los restos encontrados tal y como debieron erigirse en los siglos anteriores a la era cristiana.
Así, Andrés me paseó por las ruinas del Apolo Soriano, tres únicas columnas del impresionante templo que el cónsul Cayo Sosio mandó construir a base de materiales e imágenes de la Grecia clásica del sigo V antes de Cristo y que fueron traídas a la Ciudad Eterna como botín de guerra.
A su lado, el Teatro Marcello, que Julio César comenzara a construir allá por el siglo I antes de Cristo y que, a su muerte, terminó el emperador Augusto dedicado al hijo de su hermana Octavia, Marco Claudio Marcelo.
– Según he podido averiguar – explicó Andrés – el día de su inauguración se sacrificaron a más de seiscientas fieras. Con capacidad para unos quince mil espectadores, funcionó como teatro hasta la mitad del siglo IV. Luego, fue reconstruido en fuerte militar hasta que en el siglo XVI, se reestructuró completamente cegando todos los arcos de la parte superior con ventanas que aún perduran y que le dan este extraño aspecto…
Y era verdad. El impresionante teatro, lugar de juegos y sacrificios, reconvertido en propiedad privada como vivienda de la familia Orsini en el siglo XVIII. Aún así, seguía impresionando lo poco que se conservaba del templo original así como las reestructuraciones a las que fue sometido en el medievo. Una mezcla extraña de estilos característico de las ruinas que pululaban por todo Roma. Por eso, mientras me acercaba a la balaustrada que delimitaba su acceso, creí hacerme cómplice del paso del tiempo y de las jugadas del destino y del capricho de unos cuantos. Aún así, podía hacerme una perfecta idea de cómo debió de ser la vida en la Roma Imperial y, a través de esas ruinas, de las costumbres en la Edad Media hasta llegar a las grandes fachadas del Renacimiento.
– Esa es la magia de Roma – comentó mi mentor y amigo – Que uno, en la Ciudad Eterna, puede sentir la atmósfera de los siglos desde la era arcaica hasta nuestros días. Pocas ciudades, por no decir ninguna otra, pueden trasladarnos a cualquier época. Así, podemos asombrarnos por los treinta metros de altura del Teatro Marcello y por cómo un lugar de juego y sacrificio humano sirvió de morada para grandes familias reconvirtiéndolo en lo que ves ahora, mi querido amigo.
La explicación de Andrés se evidenció aún más al contemplar San Nicola in Carcere, la iglesia construída a partir de las ruinas de tres templos distintos, cuyas columnas aún podían verse en el lateral izquierdo de la gran fachada que, en pleno Renacimiento, realizara el gran Giacomo della Porta.
– Y tenemos que agradecer el que Papas de aquella época cristianizaran diversos templos y ruinas de la época imperial reconvirtiéndolo en iglesias como esta. Por eso han podido conservarse tantas y tantas edificaciones.
Otro buen ejemplo de las palabras de Andrés lo encontré al contemplar el Tempio della Fortuna Virile, con toda probabilidad uno de los templos más antiguos de la Roma arcaica, dedicado al dios Portuno, el protector de las actividades portuarias en el Tíber y que fuera reestructurado con el paso de los siglos, transformado en iglesia cristiana en el siglo IX bajo el nombre de Santa María Egipciaca y restaurado a principios del siglo pasado de tal manera que se quiso dejar evidencia de lo que era primitivo y de las reformas posteriores.
– Como podrás comprobar, es el más característico de los templos romanos. Su escalanita de acceso a la nave, esas columnas de orden jónico hechas en travertino, la piedra blanca procedente de los Montes Tiburtinos… ¡Ay, Roma…!
A su lado, el Tempio di Vesta, dedicado a la diosa protectora del hogar, y por ende de toda la ciudad de Roma, y que pasó a convertirse en iglesia cristiana en la Edad Media bajo el nombre de Santa María del Sol, aunque en las reformas del siglo XX se le volviera a dar su aspecto primitivo.
Y todo ello, rodeado por el marco incomparable de la Piazza Bocca della Veritá, coronada por la magistral Fuente de los Tritones y que servía como preámbulo idílico para adentrarnos en el pórtico mítico de Santa María in Cosmedín, donde Gregory Peck llevó a la princesa Audrey Hepburn en la película “Vacaciones en Roma”.
– Santa María la Bella o la Decorada – me explicó Andrés – la iglesia construida allá por el siglo VI supuestamente por una comunidad procedente de Constantinopla y que luego fue reestructurada con el paso de los siglos hasta conseguir el resultado que ves ahora, mi joven amigo. Es uno de los enclaves más mágicos y concurridos de todo Roma precisamente por su pórtico, donde se encuentra La Bocca della veritá, lugar de peregrinación de cientos de turistas que no se resisten a no fotografiarse junto a ella.
Y mientras esperábamos pacientemente a que unos turistas japoneses acabaran de fotografiarse mientras sonreían divertidos al meter la mano dentro de la Boca de la Efigie, Andrés me contó la leyenda. Dicha obra no era más que una boca de alcantarilla circular donde estaba tallado el rostro de un hombre con los orificios de los dos ojos y la boca. Pues bien, la leyenda contaba que servía para desenmascarar a los delincuentes y a los mentirosos de tal forma que si un reo que hubiera mentido ante un tribunal declarándose inocente del delito que le imputaran, si introducía la mano en la hendidura de la boca, quedaría seguramente manco pues la Boca se la habría cortado.
– ¿Y eso era cierto? – pregunté incrédulo.
Andrés sonrió abiertamente.
– Mi querido amigo, la Bocca della Veritá, como tantas cosas en esta Ciudad Eterna, no son mas que efectos maravillosamente bien planificados para que el encanto del paso de los siglos nos haga pasear y respirar el mismo aire de Julio César o de la mismísima Reina Cristina de Suecia cuando se dio un garbeo por aquí para ver al Papa.
Y volvió a sonreír cuando, divertido, contempló a los turistas japoneses que se alternaban los unos con los otros mientras los primeros metían la mano en la hendidura de la Boca y los segundos los fotografiaban para la posteridad.
Seguramente sus manos saldrían intactas. Cuando un hombre sonríe, no hace falta pedirle pruebas de su conducta.
La sonrisa no necesita de tribunales ni de jueces.
