“Chiunque tu sia, o stranjero, purché uomo libero, non temere qui punto le catere delle leggi. Posseggia dove vuoi, cogli ciò che desideri, ritirati quando ti aggrada. Tutto qui è dispuesto per il godivento degli strarieri prima ancora che per il propietario”

(Quien quiera que seas, oh extranjero, siempre que seas un hombre libre, aquí no tienes por qué temer las cadenas de las leyes. Pasea por donde quieras, coge lo que se te antoje y vete cuando te apetezca. Aquí todo está dispuesto para el placer de los visitantes antes aún que para el propietario)

MARCO AURELIO BORGHESE



“Puedo afirmar que sólo en Roma he podido sentir lo que es el hombre verdaderamente. Nunca después he alcanzado tal elevación, tal fortuna de sensación. Comparado con mi estado en Roma, nunca más he vuelto a ser realmente feliz”

JOHANN WOLFGANG VON GOETHE


6


Carta de Fabricio a Andrés:

Querido Andrés:

Sólo acierto a decirte que me has vuelto a emocionar. Y te lo digo con rotunda sinceridad. Tu última historia de amor ha hecho, como siempre que quieres transmitirme algo a través de tus escritos, que me replantee ciertos aspectos de mi vida que creía perdidos y equivocados.

Pero esta vez, mi querido maestro, mi viejo profesor de tantas cosas de la vida, he de confesarte que no habrá vuelta atrás en mi idea de separarme de ti. Me costó mucho tomar aquella drástica decisión y sé que, si me vuelvo atrás, los únicos que sufriremos las consecuencias seremos tú y yo. Y no puede seguir siendo así. Debemos dejar de herirnos como hicimos antaño.

Gracias por “Las ruinas del Esculapio”. Mamen me lo hizo llegar la semana pasada desde su oficina de Barcelona. Y te digo que me lo leí de un tirón. Todo un día en Villa Borghese, sentado bajo los cipreses que rodean al Laghetto y frente al templo de tu vida y de nuestra historia de amor. Igual que para los protagonistas. E igual de hiriente...

Aún así, no puedo dejar de pensar en lo que creamos juntos y cómo, sin querer, nos soltamos de la mano el uno del otro para volar en direcciones opuestas. Aunque, en realidad, ya lo veníamos haciendo desde el principio sin que tú ni yo nos diéramos cuenta.

Y no sería justo que, a partir de tu novela, pensara que me estás pidiendo perdón por cómo convertiste lo nuestro en los últimos días, ni que tú te hicieras a la idea de que volvería junto a ti.

Es mejor así, mi amado Andrés, si me permites que te llame así desde esta distancia física que he interpuesto entre los dos. No sé si es lo acertado, pero sí que es lo mejor. Lo necesitaba desde hacía tiempo. Volver a mis raíces y a todo aquello que dejé una vez para irme contigo a ese paraíso que, ingenuamente, creí que pondrías a mis pies.

He vuelto a mi buhardilla de Piazza Navona; de nuevo, he saboreado los paseos por el Pincio y he sentido la brisa que, desde el Tévere, me hacía buscar horizontes nuevos como aquel día en que te conocí. Ese día en que tú te separaste del grupo al que hacías de guía, para fijarte en mí desde tu prudencia y tu timidez haciéndome ver, también desde tu experiencia y tu sabiduría, que las historias de amor aparecen y se encuentran siempre en la balaustrada de un paseo junto a un mar. En este caso, el río de la ciudad de tus sueños.

Pero no puedo seguir recordando aquello. En el fondo, sigo siendo un cobarde que huye de sí mismo aunque tú me definiste como la persona más valiente del mundo por hacer lo que hice un segundo antes de cerrar la puerta de tu piso para siempre…

No puedo seguir, Andrés. Y por favor, si esta carta te llega, rómpela y sigue adelante con tu vida y con tus planes de futuro. Ojalá tengas mucha suerte en el certamen literario del Esfera y lleves tu pasión por Roma por todo el mundo… De la misma manera y forma que paseaste nuestra historia de amor por todo tu mundo interior en España…

Es una despedida. Una carta de despedida que no sé muy bien el porque comencé a escribirte. No debí haber leído tu libro y no debí haberte recordado de la manera que lo hice al finalizarlo.

Lo siento Andrés. Y si vuelves algún día a Roma, no me busques. Recuerda lo nuestro como lo que fue sinceramente.

Perdóname por no confesarlo de nuevo… y adiós.

Fabricio
(traducida del italiano original)



7


– Yo muero por Caravaggio – sentenció Andrés tajante y sincero – Y es que todo para él, por mínimo que fuera, servía como pretexto para convertirlo en el centro de su obra. Caravaggio, el otro gran Miguel Angel, es a la pintura como los sentimientos al amor, mi querido amigo. Nadie como él para mostrar la sensibilidad humana desde una perspectiva real y sincera. La sensibilidad, junto a la vida y la muerte, fueron siempre sus grandes temas. Y Roma nos brinda la posibilidad de admirar gran parte de su obra ya sea en la pinacoteca de Villa Borghese, en los Museos del Vaticano o en las mismísimas iglesias. Y no me dirás que esto último no te ha sorprendido.
Tenía razón. Me sentía abrumado por el hecho de que en una iglesia pudiera admirar a uno de los más grandes pintores de toda la historia. Y si bien ya me empezaba a acostumbrar a poder admirar cualquier muestra de arte en mayúsculas en el rincón más perdido de Roma, el llegar, por ejemplo a la iglesia de Santa María del Popolo y admirar en una misma capillita obras tan sublimes como La crucifixión de Pedro o La conversión de San Pablo me dejaba sumamente boquiabierto.
Aquella mañana nos encontrábamos muy cerca de mi ya amada Piazza Navona, en la iglesia de San Luis de los Franceses, el lugar de oración para la colonia francesa alojada en la Ciudad Eterna y en la que trabajaron los más importantes artistas de la época renacentista, con Giacomo della Porta a la cabeza, que fue quien realizó la imponente fachada, y con el pintor por excelencia de Andrés. Allí, para mi asombro, me llevó directo a la Capilla de los Contarelli sin importarle lo más mínimo que en ese preciso instante se estuviera celebrando una Eucaristía.
– Eso es para los curas y los devotos, que en Roma hay mucho. Para los que son como nosotros dos, y como lo fue para el mismísimo Caravaggio, lo verdaderamente importante se encuentra en el fondo de nuestras almas. Por eso, amigo mío, prepárate para lo que van a contemplar tus ojos aún inocentes y vírgenes de obras de arte de las de verdad.
Tras depositar varias monedas, la capilla Contarelli se iluminó por completo y mi asombro fue a más, ya que en tan reducido espacio, me encontré de golpe con tres obras maestras de la pintura de todos los tiempos.
– ¿Lo ves? – Me dijo Andrés tras unos segundos de meditación e invitándome a sentarme junto a él en un banco frente a la capilla – Obsérvalos detenidamente y compréndelos. Sólo así podrás sentirlos como lo hice yo la primera vez que los presencié.
En un lateral, La vocación de San Mateo, uno de los máximos exponentes del tenebrismo barroco, y que se presentaba ante nosotros en todo su esplendor. Todo el fondo del cuadro estaba en negro mientras que un haz de luz se filtraba por una esquina hasta llegar a los personajes. El recaudador Levi D´Alfeo, rodeado de ancianos y niños vestidos con ropajes de la época del XVII, sentado a una mesa mientras todos los demás contemplan, atónitos, a Cristo señalando al que luego se convertiría en Mateo.
Para Andrés, el contemplar de nuevo la obra de uno de sus favoritos, y el poder compartirlo conmigo, le llenaba de júbilo. Y su rostro, como el de los personajes del cuadro, se veía plagado de admiración y asombro.
– Observa ese haz de luz pleno en simbología y significado. Detente en lo profuso de sus ropajes, en lo, a priori, simplista de su temática y en la complejidad de su finalidad…
No se cansaba de explicarme al detalle todo lo que para él era glorioso y digno de admirar. Y yo, por supuesto, no vacilaba un segundo en seguir sus indicaciones; en atender respetuosamente su manera de explicar las cosas. Era un lujo escucharle. Era un premio ser su amigo.
– San Mateo y el ángel – prosiguió - fue realizada en 1602. Y se trata de una segunda versión, puesto que la primera fue desestimada por los Contarelli al comprobar cómo Caravaggio se atrevió a presentar al santo como si de un anciano de pueblo cualquiera se tratara. Era realista en exceso. Así con todo, esta que vemos ahora, querido amigo, es una rotunda obra maestra. Sin lugar a dudas. El fondo oscuro. Y solamente el santo y el ángel aparecen iluminados de ese protagonismo que daba el barroco y la técnica pictórica que lo caracterizó. Y el ritmo, de arriba abajo, desde la parte superior con el ángel inspirador, hasta la inferior con el Mateo inspirado por él. Y el detalle realista lo aporta la forma en que el anciano está apoyado en un taburete para escribir. Parece que el asombro por la aparición del ángel va a provocar una caída...
La capilla Contarelli quedó entonces completamente oscura. Y tras unos segundos, me levanté para echar varias monedas más.
Cuando se hizo la luz, Andrés, apoyado en la balaustrada de la capilla, se recreaba con el tercer cuadro. El martirio de San Mateo. La obra más brutal de Caravaggio.
– Es impactante – me atreví a decir tras unos instantes de admiración – más por lo que sugiere que por lo que muestra.
Pintado a principios de 1600, el tema es el martirio del apóstol a manos de un soldado etíope enviado por el rey Hirtacus para acabar con los discursos religiosos del santo. Mateo, en el centro, está tirado sobre el suelo mientras el soldado le coge por un brazo a la vez que con el otro porta una espada. A su alrededor, una decena de hombres y niños contemplan horrorizados la escena mientras sus cuerpos se dirigen hacia todas las direcciones como si el hecho brutal del asesinato de Mateo fuera una enorme corriente marítima que los arrastrara. Y en la parte superior izquierda del cuadro, una nube de la que vemos a un ángel portando las palmas del martirio para ofrecérselas al santo y que el propio soldado impide al asirse con fuerza a la mano del santo.
– Quédate, sobre todo, con la cara de espanto del niño de la derecha. Cómo su rostro mira directamente al santo, en el centro del cuadro, y cómo su cuerpo le lleva directamente a salirse completamente del cuadro. Es puro movimiento. Igual que la luz que cae directamente desde lo alto para iluminarlos a todos de la oscuridad que los rodea. Y esos colores tan oscuros y blanquecinos que parece que estemos viendo una película del neorrealismo italiano tipo Ladrón de bicicletas… Y cómo anécdota, el propio Caravaggio se autorretrató en la figura del testigo que tenemos justo a la izquierda del soldado, permitiéndose el adoptar un tono más impasible que el del resto de los personajes, como esos testigos que presencian lo ocurrido para relatarlo luego con pelos y señales… Un auténtico genio. Michelangelo Merisi da Caravaggio. El John Ford de los pintores…
Estábamos tan ensimismados admirando la obra pictórica de Caravaggio, que no nos dimos cuenta de que nos habíamos quedado prácticamente solos en la iglesia. Y en eso, un sacerdote ya anciano se nos acercó y en un italiano muy cerrado que Andrés entendió a la perfección, nos indicó que era la hora de comer – la una de la tarde – y que tenía que cerrar la iglesia.
Ya, en el exterior, Andrés encendió un sempiterno cigarrillo mientras le seguí en silencio unos escasos metros hasta la Piazza San Ignacio, donde junto a la iglesia del mismo nombre, se encontraba un restaurante del que ya Andrés me había hablado con frecuencia antes de iniciar nuestro viaje.
– Aquí es donde mejor ponen las capreses de todo Roma. Su mozarella con tomate y hojas de rúcula y un chorrito del mejor aceite. Como está mandado. Y sobre todo, lo mejor es el encanto del recinto, el patio de entrada, y una verdadera mamma italiana como anfitriona. Aunque si he de serte sincero, lo mejor de todo es comer en el patio para poder degustar del mejor placer que la vida tuvo a bien brindarme. Fumar y fumar. Aquí no hay dios que me diga su frase mágica de é vietato.
La mamma no tardó en aparecer. De estatura corta y rellenita, de pelo muy negro y peinado con moño, vestida de negro y con una enorme delantera, como las que sacaba Fellini en su cine. Y cuando llegó hasta nosotros, lo hizo con una amplia y sincera sonrisa.
– Signore Rosario – le dijo al reconocerle tendiéndole su mano.
Andrés y ella departieron distendidamente mientras admiraba la idílica atmósfera allí creada en ese momento. La plaza, la iglesia, el patio del restaurante, el idioma maravilloso… Al rato, y una vez que Andrés hubiera elegido el menú, me ofreció la mejor de sus sonrisas.
– ¿Verdad que no sería formidable vivir todo el año en esta maravillosa ciudad? – me preguntó con un sonrisa que hacía juego con la de la mamma.
Qué poco podía imaginarme entonces que su pregunta retórica, con los días, se convertiría en una sentencia firme. Y la condena, a perpetuidad.



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Prólogo escrito por Andrés para “Las ruinas del Esculapio”:

Estimado lector:

Buceando en mi corazón para poder transmitirte una introducción a esta mi definitiva historia que se desarrolla íntegramente en Roma, he llegado a la conclusión de que el mejor prólogo para “Las ruinas del Esculapio” lo has de escribir tú. Que sea tu corazón quien indague entre tus propios recuerdos para, mientras paseas por las historia de Marco, tus vivencias y tu memoria sean las mismas que la del protagonista.

Puede que te parezca egoísta por mi parte tal pretensión; que debía ser yo, el autor, quien te introdujera realmente en lo que vas a encontrarte en el montón de páginas que te aguardan, que te esperan impacientes… Con esa misma impaciencia de tres años con la que lo escribí. Y es que, si me permites la confesión, una vez que empecé a idear la historia, ya quería acabarla. No podía seguir con ella del daño que me estaba haciendo…

Pero no. Que mis palabras no te echen hacia atrás. Si hablo así es porque el amor en todas sus vertientes hizo su aparición desde el momento en que escribí el título de la historia sobre un folio en blanco. Y recuerdo que fue en una tarde de jueves, en un otoño mágico como lo son todos los otoños y como lo han sido todos los otoños de mi vida. Y aunque te parezca incongruente el que deseara finalizar la historia cuanto antes pese a que la comencé enamorado, vuelvo a confesar que ese amor, que a priori parecía eterno, se vio desbordado hacia la mitad de la novela.

Hay historias de amor que nacieron para ser eternas, y otras que se hicieron para ser disfrutadas por un tiempo limitado. Pero de lo que no hay duda, querido lector, amiga lectora, es que son las otras historias de amor las que forman el común denominador de los seres humanos. Esas son las que nacen de una emoción contenida y que, a medida que la pasión va a más, nos vamos aferrando a ella hasta que, al final, el soltarnos de la mano no nos hace tanto daño porque ya, realmente, nos habíamos soltado sin que apenas nos hubiéramos dado cuenta.

Sin embargo, si hay una historia de amor que merece la pena mantener viva en nuestra memoria, es aquella que se desarrolla en el momento justo en que apagamos la luz de nuestra artificialidad para vivirla bajo un cielo negro estrellado. Y entonces, no nos importará lo más mínimo que nos hagan daño, porque la felicidad que nos rodea, la pasión que nos envuelve, y el ensoñamiento mágico en el que caemos, nos hace ser fuertes hasta para decir que el amor es una sola palabra que se musita al oído al ritmo de nuestros latidos del corazón

Descubrid esa palabra, amigos lectores. Yo os estaré esperando en Piazza Navona, fumándome un cigarrillo y escuchando a los músicos callejeros que estarán entonando Caruso para mí. Buscadme entonces y musitadme esa palabra al oído en ese preciso instante. Y no os apure interrumpir mi sueño.

Esa palabra que describe a las historias de amor en mayúsculas es la que necesito para seguir vivo. Después, podremos irnos de la mano hasta Villa Borghese para llorar en las aguas del laghetto por la triste historia de Marco.

Andrés M. Rosario
- Otoño.