9
– Las historias de amor no nos pertenecen. Son tan sólo el resultado de una ilusión óptica favorecida por la emoción y el bienestar que proporciona a nuestro corazón el sentirse amado. Y sus consecuencias, ya sea en forma de felicidad perpetua o de lágrimas solemnes, son tan pasajeras como lo son tantas cosas en la vida. Créeme, mi niño, cuando te digo que el amor es un misterio del que desconocemos el porqué de su nacimiento y las causas exactas de su desaparición.
Se dio un segundo para meditar sus últimas palabras y dio un sorbo a su copa de vino. Fue apenas un instante, pero parecieron siglos.
– El amor – continuó – debería estar presente en cada gesto, en cada palabra o en cada caricia. Pero, en el fondo, no es así. El amor, amigo mío, es casi tan fugaz como esta copa de vino, tan caduco como las hojas del otoño o las miradas que se pierden en un vacío amargo y pleno de significado… Al amor no le importa lo distintas que son dos personas cuando están por separado, sino lo que pueden llegar a sentir cuando están juntas… El amor es como la Fontana di Trevi. Todos echamos una moneda como promesa de un futuro regreso… Pero en realidad, al amor, al verdadero amor, nunca se regresa por mucho empeño que pongamos o por mucha insistencia que pregonemos…
Y por fin, despertó de su amarga pesadilla de soledad interior.
– Perdóname – me dijo con un tono de voz mas conciliador – No sé a qué ha venido toda este circunloquio. Sin darme cuenta, me he puesto a hablar como si fuese una barca a la deriva…
– Todo empezó porque aquel chiquillo comenzó a entonar Caruso – le contesté.
Y como si hubiese dado con la clave de todo, Andrés desvió su mirada perdida hacia el joven músico que amenizaba las terrazas callejeras y nocturnas de Piazza Navona, el enclave mágico al que volvíamos cada noche para empaparnos de la noche bohemia de Roma.
– Caruso… - repitió Andrés en voz baja – Caruso…
– ¿Qué significa para ti esa canción? – me atreví a preguntar.
Andrés sonrió tímidamente y negó con la cabeza como si no quisiera despertarme a su mundo interno y atormentado. Mantuvimos el silencio unos segundos. El tiempo que duró la canción, los aplausos de los que se habían concretado en la Plaza aquella noche y el disimulo por parte de Andrés por ocultar una lágrima.
Volví la mirada hacia toda la plaza para que Andrés no se atormentara más con mis ojos interrogadores. Navona estaba maravillosa aquella noche. Y una sensación de mágico bienestar se apoderada de cada rincón. Incluso la iluminación de la Fuente de los Cuatro Ríos combinaba a la perfección con lo que estaba sintiendo aquella noche.
Andrés volvió a hablar al cabo de unos minutos de silencio íntimo. Y lo hizo con la mirada absorta en sus recuerdos.
– En “Las ruinas del Esculapio” me hice eco de una leyenda para ahondar más en el mundo íntimo de los protagonistas. La leyenda del vagabundo de Ponte Sisto:
“Silvana y Lamberto eran dos enamorados que vieron naufragar su historia de amor a causa de su extremada pasión y de su tormentosa y ciega dependencia del uno hacia el otro. Se veían furtivamente, como aves nocturnas, en el Ponte Sisto. Lamberto venía desde el Trastévere, desde su humilde buhardilla de Piazza di Drago. Silvana, desde su palacete perdido entre la hiedra de Via Giulia. Pero cuando estaban juntos, no existía más que el amor y la pasión. La obvia diferencia de cultura y clase social la dejaban para sus ancestros, para aquellos que se rasgarían sus vestiduras de conocer dicha historia de amor.”
“En el Ponte Sisto se esperaban cada uno en su extremo hasta que el otro hiciera su anhelada aparición. Entonces, como si su sola presencia sirviera de resorte, comenzaban a andar hasta encontrarse en el centro justo para, como verdadera y única señal, sellar su regreso físico con un beso largo y apasionado. Luego, solían perderse entre las calles oscuros de la Vía Giulia hasta llegar a su Piazza Navona, junto a la Fuente del Moro que, inexplicablemente, llevaba mucho tiempo seca. Allí, su conversación en tono suave, se centraba en la intimidad de sus vidas y en los planes que llevarían a cabo una vez que fueran verdaderamente libres para pregonar su amor por las calles de la Ciudad Eterna.”
“Por el momento, se conformaban con aferrarse el uno al otro como si no desearan otra cosa en la vida que formar un solo cuerpo y una sola alma. Lamberto le recitaba poemas al oído a Silvana y ella, con esa sonrisa especial que sólo sabe proporcionar el sentimiento del amor, le correspondía en silencio.”
“Eran conocidos por los asiduos a la plaza como los amantes de Piazza Navona, porque siempre estaban allí, junto a la fuente seca del Moro, sin moverse, fundiéndose el uno en el otro para, al finalizar, sellar su amor bajo las luces artificiales de las farolas que, estratégicamente iluminaban la plaza. Y como despedida, Lamberto la dejaba en su extremo del Ponte Sisto mientras él se encaminaba hacia su rincón de la ciudad”
“Y así todas las noches, hasta que llegó una en que Lamberto, desde su extremo, se conformó con hacerle el amor a la luna pues Silvana no acudió a la cita nocturna. Y no lo hizo en una semana. Y en dos tampoco. Hasta que una noche, Lamberto recorrió en la más absoluta de las soledades el Ponte Sisto, caminó como un animal herido la Vía Giulia y llegó hasta la Piazza Navona. Se sentó a los pies de la Fuente del Moro y, en silencio, musitó los poemas de amor que recitaba a su amada desde su retiro”
“Un año después, la historia de los amantes de Piazza Navona se había convertido en la leyenda del ángel herido de la Fuente seca del Moro o en la del vagabundo de Ponte Sisto, y aunque nunca nadie habló con él, todos conocían de la soledad y tristeza de Lamberto”
“Y una noche, la noche en que Lamberto acudió por última vez a Piazza Navona, lloró amargamente la soledad de su alma y de su corazón. Y sus lágrimas cayeron sobre la seca fuente, que, como si de un capricho del destino se tratara, sirvió para que, desde entonces, la Fuente del Moro volviera a tener caudal. Después, empapó sus manos en las aguas cristalinas, se humedeció la cara con ellas, y abandonó la plaza en el más absoluto de los silencios”
“Hay quien dice que lo vieron aquella misma noche arrojarse por el Ponte Sisto; incluso los hubo que pregonaron que todas las noches, salía al tejado de su buhardilla a escribir sus poemas con la única iluminación de la luna”
“Lo cierto es que nadie volvió a verle. Ni a Silvana tampoco. Y desde entonces, Piazza Navona se quedó huerfana y silenciosa. Un silencio roto por el correr del agua en la Fuente del Moro”
Andrés se quedó un instante en silencio y, a los pocos segundos, me miró de una forma extraña. De una manera que sólo entendí cuando pasó mucho tiempo.
– Mañana he de dejarte solo vagando por nuestra Ciudad Eterna, mi niño – me dijo.
– ¿Por qué?
– Porque como Lamberto, he de ir solo a llorar mi amargura y a musitar mis poemas de amor.
Aquella fue su respuesta y no volvió a hacer alusión a aquello en todo lo que restaba de noche.
Y tenía razón en sus palabras. Las historias de amor no nos corresponden. Son un símbolo casi intocable e inexpugnable. Y sólo pertenecen a los corazones hambrientos de amor.
10
Conocí a Andrés cuatro años antes de aquel primer viaje a Roma, cuando yo era aún universitario. Él acababa de publicar una serie de relatos y poemas sobre Cantabria y una tarde le descubrí en un cartel publicitario en el tablón de anuncios de la facultad. Su nombre, acompañado del de otros escritores de la región, aparecía como encabezamiento para un ciclo de conferencias sobre la literatura autóctona que se desarrollarían en la última semana de octubre en el Ateneo de la ciudad. Sin embargo Andrés era la presencia estrella, pues hablaría de su obra y su trabajo al margen de la temática común de las disertaciones del resto de autores.
El ateneo estaba a rebosar. Gente de todo tipo. Estudiantes y jubilados, eruditos y aprendices, profesores de la facultad y lectores ávidos de emociones y buena literatura. Y yo. Al fondo del salón de actos, con la única pretensión de escuchar al autor de uno de los poemas más hermosos que haya leído jamás y que desde el primer momento que lo leí, lo mantuve como lectura de cabecera antes de apagar la luz y comenzar a soñar con historias de amor y personajes románticos que abandonan su soledad, impuesta o buscada, para desnudar su alma en la penumbra de sus días.
Cuando anochezca el invierno,
el amor volverá a nuestros corazones,
y la época más fría del año se
truncará en la más hermosa,
aquella en la que tú y yo regresaremos
el uno al otro para, en un juego
de miradas, mentirnos al decir que
habíamos estado separados una eternidad,
pues en verdad te digo
que el anhelo de tu presencia ya
te hacía cercano a mi vida,
y que los besos que le arrojaba a la luna,
ya eran tuyos antes de que ella los sintiera…
Pero eso ocurrirá mañana,
cuando anochezca el invierno…
Hoy, hoy déjame seguir soñando contigo.
Mientras aguardaba la entrada de Andrés al salón de actos, musité de nuevo el poema para mis adentros. Y es que el sueño del amor, truncado en pesadilla de soledad, latía cada vez con más fuerza en mi cansado y decepcionado corazón, marchito por los sinsabores y las amarguras continuas y constantes. Y el poema, una extraña mezcla de deseo de amor y de permanencia del ensoñamiento mágico que ese mismo sentimiento de amor provoca en el ser humano, estaba más presente que nunca. Tanto, que ni siquiera me di cuenta de que Andrés ya llevaba un buen rato hablando de la influencia de la música en su obra cuando desperté a la realidad.
– Oblivion – decía – es una de mis constantes a la hora de buscar un tema para un poema. Deténganse a escucharlo como sólo se escuchan y se aprecian las más bellas obras de arte. Sobre todo, ese mágico final de violín que parece que llora desconsoladamente… Piazzola estuvo acertado cuando lo compuso. Y yo, sin vergüenza ni temor alguno, les confieso que su inspiración se hizo mía cuando escribí cosas como Cuando anochezca el invierno o Testamento de un amor. Puro drama literario, pura música que desvela nuestros sentimientos más escondidos y recónditos...
A mi lado, mientras Andrés continuaba desgranando los verdaderos orígenes de su obra literaria, un joven seguía la charla casi rayando la emoción que, pese a sus intentos por mantenerla contenida, la sacaba a la luz casi al unísono de las palabras del autor.
– Caruso… - decía en voz muy baja pero perfectamente audible para mí, que estaba junto a él – Caruso…
– Y por supuesto – continuaba Andrés – la canción por excelencia del amor y la soledad. Caruso. Ideal para en estos momentos en que, aún en pañales, he comenzado una nueva novela que se desarrollará íntegramente en la ciudad de mis sueños. La Cittá Eterna. Roma…
Varias voces coincidieron al alabar la iniciativa de una novela que se alejaría de la temática eterna de sus obras literarias. Una obra que no vería la luz hasta pasados cuatro años y con la cual, Andrés conseguiría los premios y las criticas más ensalzadoras vertidas sobre una obra de un autor español.
El resto de su conferencia acerca de los orígenes y del porqué del encanto de sus historias y sus poemas, se vieron acompañados por mis continuas miradas hacia el joven que estaba a mi lado, quien abandonó el salón de actos minutos antes de que la charla tocara a su fin. Y como si de un resorte se tratara, le seguí en su iniciativa hasta la calle, donde él se detuvo a esperar sentado en las escaleras de la iglesia de Santa Lucía, frente al edificio del Ateneo.
Era algo mayor que yo, treintañero, muy moreno y con unos ojos azul verdosos que llamaban la atención. Pero su mirada no hacía juego con el fulgor de sus ojos. Se le veía apenado. Lo noté enseguida porque en aquellos días yo salía de una historia de amor que no lo fue tanto. Y es que los desenamorados nos reconocemos casi al instante. Por eso, cuando nuestras miradas coincidieron y se mantuvieron unos segundos, fue como escuchar la Variación Nimrod de Sir Edward Elgar. Una música suave que va subiendo paulatinamente el tono hasta alcanzar un climax maravilloso y que ya me había emocionado con la misma intensidad cuando la escuché en la pantalla grande acompañando como música de fondo al intento de suicidio del abuelo Fernán Gómez en la película sublime de José Luis Garci.
Pasados unos instantes, la gente comenzó a salir del Ateneo interponiéndose en nuestro juego de miradas y separándonos para siempre pese a que nuestras miradas, hasta entonces fijas el uno en el otro, se dirigieron al mismo punto de atención y en la misma persona. Andrés. El escritor salió a los pocos minutos acompañado de gente con la que departía el éxito de su conferencia al tiempo que atendía a varias señoras de edad que, solicitándole un autógrafo, le entregaban su libro de poemas para que lo firmara.
Y ocurrió que Andrés, mientras firmaba y sonreía con una elegancia exquisita, levantó la mirada y coincidió con la del joven. Una mirada que se mantuvo apenas dos segundos pero que estaba plena de significado. A partir de ese cruce de miradas todo fueron prisas por desembarazarse de sus seguidoras más acérrimas, de los promotores del ciclo de conferencias y por salir huyendo de ese entorno para, alcanzando al joven en la misma escalinata de la iglesia, mirarse a los ojos por espacio de unos minutos casi eternos. Luego, comenzaron a hablar pero no los entendía. Lo hacían en italiano y en un tono de voz apenas audible. Sólo para ellos mismos. Sólo para que sus palabras fueran escuchadas por sus respectivos corazones.
– Andrés debería ser más discreto – dijo una voz a mis espaldas y que se perdía, junto con el del resto de los que habían sido acompañantes del escritor en los minutos previos al reencuentro con el joven italiano, por la calle del Ateneo – Un día va a tener un serio disgusto con esos niños con los que comparte más que palabras…
No quise hacer caso a lo que quería dar a entender aquella sentencia casi unánime por parte de todos. En aquel momento, algo me impulsó a seguir a Andrés y su acompañante por toda la calle hasta un local de copas, donde ocuparon una mesa al fondo, casi en la penumbra e iluminados únicamente por unas velas multicolores que adornaban varias repisas en la pared. Y allí, su conversación se vio limitada – ni más ni menos – a un constante juego de caricias con el que parecían pedirse perdón por una ausencia prolongada en el tiempo.
Les envidié. Durante el rato que estuve contemplándoles, les envidié porque tenían algo de lo que yo carecía en esos momentos. A través de ellos y sus miradas y sus caricias, eché de menos al amor, a la sensación mágica del sentirse acompañado y entendido, a poseer un testigo fiel de un enamoramiento que debía ser eterno. Añoré un montón de sentimientos y de bienestar. Por eso, al abandonar el local, la angustia y la nostalgia volvió a mi corazón y a mi persona. Y aquello me acompañó durante el resto de la noche y el resto de lo que quedaba de año.
Aquel primer encuentro con Andrés hizo juego con lo que sentí al leer algo suyo por vez primera. El deseo de un amor, pero la permanencia en un sueño perenne. Como su magistral poema.
Y no fue hasta pasados tres otoños cuando volví a coincidir con Andrés. El fue profesor mío de literatura en mi último curso en la facultad. Todo un proceso mágico de aprendizaje que se veía cada día ampliado por conversaciones después de las clases y, más tarde, por el café de sobremesa cuando me invitaba a su casa a realizar lecturas comunes de sus libros favoritos. Y a partir de entonces, la fascinación que sentía por el escritor se dio la mano con la fascinación que me proporcionó al conocer su persona y convertirme, no sólo en su alumno y discípulo, sino en su amigo y confidente de todo su enriquecedor aunque triste mundo interior.
A partir de ahí Andrés me hizo partícipe de la que sería su primera novela alejada del género de viajes. “Las ruinas del Esculapio” fue su título, realizada a base de recuerdos y nostalgias sin saber que, en realidad, Andrés ahondaba en unas ruinas que, lamentablemente, comenzaban a serme familiares.
Las ruinas de nuestras respectivas historias de amor.
11
Última Carta de Fabricio a Andrés:
Querido Andrés:
Te espero en Roma, en nuestra buhardilla de Piazza Navona. Y no digas nada cuando nuestras miradas vuelvan a reencontrase. Tampoco busques explicaciones para lo que no permite razonamiento alguno. Este sentimiento mío que conjuga extrañamente a la perfección con nuestras ausencias y nuestros regresos, ha vuelto a obrar el milagro del anhelo por tu persona, tus abrazos y tus silencios.
Y es que me he dado cuenta, desde esta lejanía, de que te necesito más que nunca para culminar nuestra historia de amor. Es por esto que te ruego que acudas de nuevo a mis brazos para, juntos, dar forma a “Sentimento”, la promesa de amor hecha música que te juré que terminaría pensando en ti y en todo lo que tú y yo formamos el uno aferrado a la mano del otro.
Y perdóname por mi constante inmadurez y por las veces que te pedí que te alejaras de mi vida y de mi mundo. Tal vez fue el hecho de haber escrito tus “Ruinas del Esculapio” lo que ha motivado, una vez que la he reflexionado como el testamento de amor que en realidad es, que nuestros senderos no pueden ir separados por más tiempo. Lo sé ahora, en el preciso instante en que la brisa que se cuela por mi pequeña buhardilla me trae tu nombre y tu recuerdo.
Y es que no puedes imaginarte todo lo que haría porque estuvieras a mi lado en estos instantes en los que te añoro y te echo de menos; todo lo que sería capaz de hacer por tenerte frente a mí para poder hablarte con los ojos y acariciarte con la mirada…
Sé que acudirás de la misma manera que ya acudes a mis pensamientos todas las noches. Pero eso es algo que podemos obviar. Tú y yo, junto a nuestra historia de amor, somos nuestro mejor resultado
.
Y ahora sí. Ya por fin puedo decírtelo de nuevo.
Te sigo queriendo
Fabricio
(traducida del italiano original)
– Las historias de amor no nos pertenecen. Son tan sólo el resultado de una ilusión óptica favorecida por la emoción y el bienestar que proporciona a nuestro corazón el sentirse amado. Y sus consecuencias, ya sea en forma de felicidad perpetua o de lágrimas solemnes, son tan pasajeras como lo son tantas cosas en la vida. Créeme, mi niño, cuando te digo que el amor es un misterio del que desconocemos el porqué de su nacimiento y las causas exactas de su desaparición.
Se dio un segundo para meditar sus últimas palabras y dio un sorbo a su copa de vino. Fue apenas un instante, pero parecieron siglos.
– El amor – continuó – debería estar presente en cada gesto, en cada palabra o en cada caricia. Pero, en el fondo, no es así. El amor, amigo mío, es casi tan fugaz como esta copa de vino, tan caduco como las hojas del otoño o las miradas que se pierden en un vacío amargo y pleno de significado… Al amor no le importa lo distintas que son dos personas cuando están por separado, sino lo que pueden llegar a sentir cuando están juntas… El amor es como la Fontana di Trevi. Todos echamos una moneda como promesa de un futuro regreso… Pero en realidad, al amor, al verdadero amor, nunca se regresa por mucho empeño que pongamos o por mucha insistencia que pregonemos…
Y por fin, despertó de su amarga pesadilla de soledad interior.
– Perdóname – me dijo con un tono de voz mas conciliador – No sé a qué ha venido toda este circunloquio. Sin darme cuenta, me he puesto a hablar como si fuese una barca a la deriva…
– Todo empezó porque aquel chiquillo comenzó a entonar Caruso – le contesté.
Y como si hubiese dado con la clave de todo, Andrés desvió su mirada perdida hacia el joven músico que amenizaba las terrazas callejeras y nocturnas de Piazza Navona, el enclave mágico al que volvíamos cada noche para empaparnos de la noche bohemia de Roma.
– Caruso… - repitió Andrés en voz baja – Caruso…
– ¿Qué significa para ti esa canción? – me atreví a preguntar.
Andrés sonrió tímidamente y negó con la cabeza como si no quisiera despertarme a su mundo interno y atormentado. Mantuvimos el silencio unos segundos. El tiempo que duró la canción, los aplausos de los que se habían concretado en la Plaza aquella noche y el disimulo por parte de Andrés por ocultar una lágrima.
Volví la mirada hacia toda la plaza para que Andrés no se atormentara más con mis ojos interrogadores. Navona estaba maravillosa aquella noche. Y una sensación de mágico bienestar se apoderada de cada rincón. Incluso la iluminación de la Fuente de los Cuatro Ríos combinaba a la perfección con lo que estaba sintiendo aquella noche.
Andrés volvió a hablar al cabo de unos minutos de silencio íntimo. Y lo hizo con la mirada absorta en sus recuerdos.
– En “Las ruinas del Esculapio” me hice eco de una leyenda para ahondar más en el mundo íntimo de los protagonistas. La leyenda del vagabundo de Ponte Sisto:
“Silvana y Lamberto eran dos enamorados que vieron naufragar su historia de amor a causa de su extremada pasión y de su tormentosa y ciega dependencia del uno hacia el otro. Se veían furtivamente, como aves nocturnas, en el Ponte Sisto. Lamberto venía desde el Trastévere, desde su humilde buhardilla de Piazza di Drago. Silvana, desde su palacete perdido entre la hiedra de Via Giulia. Pero cuando estaban juntos, no existía más que el amor y la pasión. La obvia diferencia de cultura y clase social la dejaban para sus ancestros, para aquellos que se rasgarían sus vestiduras de conocer dicha historia de amor.”
“En el Ponte Sisto se esperaban cada uno en su extremo hasta que el otro hiciera su anhelada aparición. Entonces, como si su sola presencia sirviera de resorte, comenzaban a andar hasta encontrarse en el centro justo para, como verdadera y única señal, sellar su regreso físico con un beso largo y apasionado. Luego, solían perderse entre las calles oscuros de la Vía Giulia hasta llegar a su Piazza Navona, junto a la Fuente del Moro que, inexplicablemente, llevaba mucho tiempo seca. Allí, su conversación en tono suave, se centraba en la intimidad de sus vidas y en los planes que llevarían a cabo una vez que fueran verdaderamente libres para pregonar su amor por las calles de la Ciudad Eterna.”
“Por el momento, se conformaban con aferrarse el uno al otro como si no desearan otra cosa en la vida que formar un solo cuerpo y una sola alma. Lamberto le recitaba poemas al oído a Silvana y ella, con esa sonrisa especial que sólo sabe proporcionar el sentimiento del amor, le correspondía en silencio.”
“Eran conocidos por los asiduos a la plaza como los amantes de Piazza Navona, porque siempre estaban allí, junto a la fuente seca del Moro, sin moverse, fundiéndose el uno en el otro para, al finalizar, sellar su amor bajo las luces artificiales de las farolas que, estratégicamente iluminaban la plaza. Y como despedida, Lamberto la dejaba en su extremo del Ponte Sisto mientras él se encaminaba hacia su rincón de la ciudad”
“Y así todas las noches, hasta que llegó una en que Lamberto, desde su extremo, se conformó con hacerle el amor a la luna pues Silvana no acudió a la cita nocturna. Y no lo hizo en una semana. Y en dos tampoco. Hasta que una noche, Lamberto recorrió en la más absoluta de las soledades el Ponte Sisto, caminó como un animal herido la Vía Giulia y llegó hasta la Piazza Navona. Se sentó a los pies de la Fuente del Moro y, en silencio, musitó los poemas de amor que recitaba a su amada desde su retiro”
“Un año después, la historia de los amantes de Piazza Navona se había convertido en la leyenda del ángel herido de la Fuente seca del Moro o en la del vagabundo de Ponte Sisto, y aunque nunca nadie habló con él, todos conocían de la soledad y tristeza de Lamberto”
“Y una noche, la noche en que Lamberto acudió por última vez a Piazza Navona, lloró amargamente la soledad de su alma y de su corazón. Y sus lágrimas cayeron sobre la seca fuente, que, como si de un capricho del destino se tratara, sirvió para que, desde entonces, la Fuente del Moro volviera a tener caudal. Después, empapó sus manos en las aguas cristalinas, se humedeció la cara con ellas, y abandonó la plaza en el más absoluto de los silencios”
“Hay quien dice que lo vieron aquella misma noche arrojarse por el Ponte Sisto; incluso los hubo que pregonaron que todas las noches, salía al tejado de su buhardilla a escribir sus poemas con la única iluminación de la luna”
“Lo cierto es que nadie volvió a verle. Ni a Silvana tampoco. Y desde entonces, Piazza Navona se quedó huerfana y silenciosa. Un silencio roto por el correr del agua en la Fuente del Moro”
Andrés se quedó un instante en silencio y, a los pocos segundos, me miró de una forma extraña. De una manera que sólo entendí cuando pasó mucho tiempo.
– Mañana he de dejarte solo vagando por nuestra Ciudad Eterna, mi niño – me dijo.
– ¿Por qué?
– Porque como Lamberto, he de ir solo a llorar mi amargura y a musitar mis poemas de amor.
Aquella fue su respuesta y no volvió a hacer alusión a aquello en todo lo que restaba de noche.
Y tenía razón en sus palabras. Las historias de amor no nos corresponden. Son un símbolo casi intocable e inexpugnable. Y sólo pertenecen a los corazones hambrientos de amor.
10
Conocí a Andrés cuatro años antes de aquel primer viaje a Roma, cuando yo era aún universitario. Él acababa de publicar una serie de relatos y poemas sobre Cantabria y una tarde le descubrí en un cartel publicitario en el tablón de anuncios de la facultad. Su nombre, acompañado del de otros escritores de la región, aparecía como encabezamiento para un ciclo de conferencias sobre la literatura autóctona que se desarrollarían en la última semana de octubre en el Ateneo de la ciudad. Sin embargo Andrés era la presencia estrella, pues hablaría de su obra y su trabajo al margen de la temática común de las disertaciones del resto de autores.
El ateneo estaba a rebosar. Gente de todo tipo. Estudiantes y jubilados, eruditos y aprendices, profesores de la facultad y lectores ávidos de emociones y buena literatura. Y yo. Al fondo del salón de actos, con la única pretensión de escuchar al autor de uno de los poemas más hermosos que haya leído jamás y que desde el primer momento que lo leí, lo mantuve como lectura de cabecera antes de apagar la luz y comenzar a soñar con historias de amor y personajes románticos que abandonan su soledad, impuesta o buscada, para desnudar su alma en la penumbra de sus días.
Cuando anochezca el invierno,
el amor volverá a nuestros corazones,
y la época más fría del año se
truncará en la más hermosa,
aquella en la que tú y yo regresaremos
el uno al otro para, en un juego
de miradas, mentirnos al decir que
habíamos estado separados una eternidad,
pues en verdad te digo
que el anhelo de tu presencia ya
te hacía cercano a mi vida,
y que los besos que le arrojaba a la luna,
ya eran tuyos antes de que ella los sintiera…
Pero eso ocurrirá mañana,
cuando anochezca el invierno…
Hoy, hoy déjame seguir soñando contigo.
Mientras aguardaba la entrada de Andrés al salón de actos, musité de nuevo el poema para mis adentros. Y es que el sueño del amor, truncado en pesadilla de soledad, latía cada vez con más fuerza en mi cansado y decepcionado corazón, marchito por los sinsabores y las amarguras continuas y constantes. Y el poema, una extraña mezcla de deseo de amor y de permanencia del ensoñamiento mágico que ese mismo sentimiento de amor provoca en el ser humano, estaba más presente que nunca. Tanto, que ni siquiera me di cuenta de que Andrés ya llevaba un buen rato hablando de la influencia de la música en su obra cuando desperté a la realidad.
– Oblivion – decía – es una de mis constantes a la hora de buscar un tema para un poema. Deténganse a escucharlo como sólo se escuchan y se aprecian las más bellas obras de arte. Sobre todo, ese mágico final de violín que parece que llora desconsoladamente… Piazzola estuvo acertado cuando lo compuso. Y yo, sin vergüenza ni temor alguno, les confieso que su inspiración se hizo mía cuando escribí cosas como Cuando anochezca el invierno o Testamento de un amor. Puro drama literario, pura música que desvela nuestros sentimientos más escondidos y recónditos...
A mi lado, mientras Andrés continuaba desgranando los verdaderos orígenes de su obra literaria, un joven seguía la charla casi rayando la emoción que, pese a sus intentos por mantenerla contenida, la sacaba a la luz casi al unísono de las palabras del autor.
– Caruso… - decía en voz muy baja pero perfectamente audible para mí, que estaba junto a él – Caruso…
– Y por supuesto – continuaba Andrés – la canción por excelencia del amor y la soledad. Caruso. Ideal para en estos momentos en que, aún en pañales, he comenzado una nueva novela que se desarrollará íntegramente en la ciudad de mis sueños. La Cittá Eterna. Roma…
Varias voces coincidieron al alabar la iniciativa de una novela que se alejaría de la temática eterna de sus obras literarias. Una obra que no vería la luz hasta pasados cuatro años y con la cual, Andrés conseguiría los premios y las criticas más ensalzadoras vertidas sobre una obra de un autor español.
El resto de su conferencia acerca de los orígenes y del porqué del encanto de sus historias y sus poemas, se vieron acompañados por mis continuas miradas hacia el joven que estaba a mi lado, quien abandonó el salón de actos minutos antes de que la charla tocara a su fin. Y como si de un resorte se tratara, le seguí en su iniciativa hasta la calle, donde él se detuvo a esperar sentado en las escaleras de la iglesia de Santa Lucía, frente al edificio del Ateneo.
Era algo mayor que yo, treintañero, muy moreno y con unos ojos azul verdosos que llamaban la atención. Pero su mirada no hacía juego con el fulgor de sus ojos. Se le veía apenado. Lo noté enseguida porque en aquellos días yo salía de una historia de amor que no lo fue tanto. Y es que los desenamorados nos reconocemos casi al instante. Por eso, cuando nuestras miradas coincidieron y se mantuvieron unos segundos, fue como escuchar la Variación Nimrod de Sir Edward Elgar. Una música suave que va subiendo paulatinamente el tono hasta alcanzar un climax maravilloso y que ya me había emocionado con la misma intensidad cuando la escuché en la pantalla grande acompañando como música de fondo al intento de suicidio del abuelo Fernán Gómez en la película sublime de José Luis Garci.
Pasados unos instantes, la gente comenzó a salir del Ateneo interponiéndose en nuestro juego de miradas y separándonos para siempre pese a que nuestras miradas, hasta entonces fijas el uno en el otro, se dirigieron al mismo punto de atención y en la misma persona. Andrés. El escritor salió a los pocos minutos acompañado de gente con la que departía el éxito de su conferencia al tiempo que atendía a varias señoras de edad que, solicitándole un autógrafo, le entregaban su libro de poemas para que lo firmara.
Y ocurrió que Andrés, mientras firmaba y sonreía con una elegancia exquisita, levantó la mirada y coincidió con la del joven. Una mirada que se mantuvo apenas dos segundos pero que estaba plena de significado. A partir de ese cruce de miradas todo fueron prisas por desembarazarse de sus seguidoras más acérrimas, de los promotores del ciclo de conferencias y por salir huyendo de ese entorno para, alcanzando al joven en la misma escalinata de la iglesia, mirarse a los ojos por espacio de unos minutos casi eternos. Luego, comenzaron a hablar pero no los entendía. Lo hacían en italiano y en un tono de voz apenas audible. Sólo para ellos mismos. Sólo para que sus palabras fueran escuchadas por sus respectivos corazones.
– Andrés debería ser más discreto – dijo una voz a mis espaldas y que se perdía, junto con el del resto de los que habían sido acompañantes del escritor en los minutos previos al reencuentro con el joven italiano, por la calle del Ateneo – Un día va a tener un serio disgusto con esos niños con los que comparte más que palabras…
No quise hacer caso a lo que quería dar a entender aquella sentencia casi unánime por parte de todos. En aquel momento, algo me impulsó a seguir a Andrés y su acompañante por toda la calle hasta un local de copas, donde ocuparon una mesa al fondo, casi en la penumbra e iluminados únicamente por unas velas multicolores que adornaban varias repisas en la pared. Y allí, su conversación se vio limitada – ni más ni menos – a un constante juego de caricias con el que parecían pedirse perdón por una ausencia prolongada en el tiempo.
Les envidié. Durante el rato que estuve contemplándoles, les envidié porque tenían algo de lo que yo carecía en esos momentos. A través de ellos y sus miradas y sus caricias, eché de menos al amor, a la sensación mágica del sentirse acompañado y entendido, a poseer un testigo fiel de un enamoramiento que debía ser eterno. Añoré un montón de sentimientos y de bienestar. Por eso, al abandonar el local, la angustia y la nostalgia volvió a mi corazón y a mi persona. Y aquello me acompañó durante el resto de la noche y el resto de lo que quedaba de año.
Aquel primer encuentro con Andrés hizo juego con lo que sentí al leer algo suyo por vez primera. El deseo de un amor, pero la permanencia en un sueño perenne. Como su magistral poema.
Y no fue hasta pasados tres otoños cuando volví a coincidir con Andrés. El fue profesor mío de literatura en mi último curso en la facultad. Todo un proceso mágico de aprendizaje que se veía cada día ampliado por conversaciones después de las clases y, más tarde, por el café de sobremesa cuando me invitaba a su casa a realizar lecturas comunes de sus libros favoritos. Y a partir de entonces, la fascinación que sentía por el escritor se dio la mano con la fascinación que me proporcionó al conocer su persona y convertirme, no sólo en su alumno y discípulo, sino en su amigo y confidente de todo su enriquecedor aunque triste mundo interior.
A partir de ahí Andrés me hizo partícipe de la que sería su primera novela alejada del género de viajes. “Las ruinas del Esculapio” fue su título, realizada a base de recuerdos y nostalgias sin saber que, en realidad, Andrés ahondaba en unas ruinas que, lamentablemente, comenzaban a serme familiares.
Las ruinas de nuestras respectivas historias de amor.
11
Última Carta de Fabricio a Andrés:
Querido Andrés:
Te espero en Roma, en nuestra buhardilla de Piazza Navona. Y no digas nada cuando nuestras miradas vuelvan a reencontrase. Tampoco busques explicaciones para lo que no permite razonamiento alguno. Este sentimiento mío que conjuga extrañamente a la perfección con nuestras ausencias y nuestros regresos, ha vuelto a obrar el milagro del anhelo por tu persona, tus abrazos y tus silencios.
Y es que me he dado cuenta, desde esta lejanía, de que te necesito más que nunca para culminar nuestra historia de amor. Es por esto que te ruego que acudas de nuevo a mis brazos para, juntos, dar forma a “Sentimento”, la promesa de amor hecha música que te juré que terminaría pensando en ti y en todo lo que tú y yo formamos el uno aferrado a la mano del otro.
Y perdóname por mi constante inmadurez y por las veces que te pedí que te alejaras de mi vida y de mi mundo. Tal vez fue el hecho de haber escrito tus “Ruinas del Esculapio” lo que ha motivado, una vez que la he reflexionado como el testamento de amor que en realidad es, que nuestros senderos no pueden ir separados por más tiempo. Lo sé ahora, en el preciso instante en que la brisa que se cuela por mi pequeña buhardilla me trae tu nombre y tu recuerdo.
Y es que no puedes imaginarte todo lo que haría porque estuvieras a mi lado en estos instantes en los que te añoro y te echo de menos; todo lo que sería capaz de hacer por tenerte frente a mí para poder hablarte con los ojos y acariciarte con la mirada…
Sé que acudirás de la misma manera que ya acudes a mis pensamientos todas las noches. Pero eso es algo que podemos obviar. Tú y yo, junto a nuestra historia de amor, somos nuestro mejor resultado
.
Y ahora sí. Ya por fin puedo decírtelo de nuevo.
Te sigo queriendo
Fabricio
(traducida del italiano original)
